jueves, 20 de septiembre de 2012


Predeterminación divina y libertad humana
 según la secta católica

Antonio García Ninet

Análisis de la contradicción según la cual, de acuerdo con su omnipotencia, Dios habría predeterminado todos los acontecimientos del Universo, incluidas las decisiones y las acciones del hombre, junto a la tesis según la cual el hombre sería libre y responsable de sus actos, es decir, de aquellos actos que el propio Dios habría programado y decidido.
CRÍTICA: Esta doctrina es consecuencia del concepto antropomórfico de un Dios como realidad suprema omnipotente a la que todo está sometido, pero evidentemente es contradictoria con la supuesta libertad humana.
Sin embargo, tanto la predeterminación divina como la libertad humana son defendidas en la Biblia y en las doctrinas posteriores de la secta católica tal como se muestra a continuación.
1) Así, en diversos pasajes de la Biblia se defiende, por una parte, una predeterminación divina de carácter general, referida a los actos aparentemente derivados de su voluntad libre, especificando en algunos casos que dicha predeterminación se refiere tanto a los actos buenos como a los malos, y, por otra, se defiende igualmente una libertad del hombre por la que sería responsable de los actos.
En defensa de esa predeterminación de carácter general se dice de manera inequívoca:
- “Tú hiciste el pasado, el presente y el futuro. Todo lo proyectado ha sucedido”[1].
- “…todo lo que hacemos eres tú [Señor] quien lo realiza”[2].
- “Todo cuanto existe ya estaba prefijado”[3].
La afirmación de Isaías sirvió de punto de apoyo para que posteriormente –como luego se verá- Tomás de Aquino la utilizase como argumento en defensa de su personal defensa de la predeterminación divina frente a la tesis de Orígenes que había defendido la libertad humana, poniendo límites a tal predeterminación.
Por otra parte, tiene interés señalar que en una ocasión al menos la defensa de la predeterminación divina va unida a la doctrina del Eterno Retorno, doctrina según la cual todos los sucesos, programados por Dios, se repiten de manera indefinida. En este sentido, se dice en Eclesiástes:
“Lo que es ya fue; lo que será ya sucedió, y Dios vuelve a traer lo que pasó”[4].
Según parece, el autor de esta obra conoció la filosofía griega y recibió especialmente la influencia de los estoicos, quienes ya entonces habían defendido la doctrina del Eterno Retorno. Sin embargo, esta doctrina está en contradicción con el Génesis, donde se dice que al principio creo Dios el cielo y la tierra, mientras que el Eterno Retorno implica la negación de un principio, y, por ello mismo, está igualmente en contradicción con la doctrina cristiana de la bienaventuranza eterna, en cuanto el hombre estaría desinado a vivir aternamente la misma vida terrena que ahora tiene.
Igualmente y por lo que se refiere a las buenas acciones “del hombre” se dice en la Biblia:
 - “Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que viváis según mis mandamientos, observando y guardando mis leyes”[5].
Evidentemente el hecho de que las buenas acciones sólo aparentemente dependan del hombre, siendo en realidad acciones procedentes de la predeterminación divina, implica que el hombre no es responsable de ellas y, en consecuencia, no tiene mérito alguno por haberlas realizado.
Lo mismo sucede con las malas acciones, pues son muchos los momentos en los que se insiste en la idea de que es el propio Dios quien ha programado al hombre para cometerlas. Se dice en este sentido:
- “El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés”[6].
- “el Señor hizo que los madianitas se matasen unos a otros en el campamento”[7].
- “Pero ellos no hicieron caso a su padre, porque el Señor quería hacerlos perecer”[8].
- “El Señor ha hecho todo para un fin, incluso al malvado para la desgracia”[9].
- “Por eso Dios les envía [a quienes va a condenar] un poder embaucador [=que les embaucará], de modo que crean en la mentira y se condenen todos los que en lugar de creer en la verdad, se complacen en la iniquidad”[10]
- “El Señor hizo que el faraón se obstinara, para que no le obedeciese; puso así de manifiesto su poder bajo el cielo”[11].
-“El Señor había decretado que todas estas ciudades se obstinasen en atacar a Israel, para que así fueran consagradas sin piedad al exterminio y aniquiladas, como había mandado el Señor a Moisés”[12].
Finalmente son mayoría los momentos de la Biblia en los que se defiende, de forma implícita, la idea de que el hombre es libre y responsable de sus actos, los cuales no están predeterminados, tal como se indica en Eclesiástico:
- “No digas: “Fue el Señor quien me incitó a pecar”, porque él no hace lo que detesta […] Él hizo al hombre al principio, y lo dejó a su propio albedrío. Si quieres, guardarás los mandamientos; de ti depende el permanecer fiel […] Ante el hombre están vida y muerte; lo que él quiera se le dará”[13].
 2) Con la aparición del Cristianismo  se tiende en general a afirmar la libertad del hombre como capacidad para acercarse o alejarse de Dios, según la actitud que se adopte frente a sus leyes. Sin embargo, hubo y sigue habiendo en el cristianismo dificultades imposibles de superar a la hora de para armonizar la doctrina de la libertad con otras de carácter teológico.
En efecto, una problemática especialmente importante fue la de la compatibilidad entre la omnipotencia divina, según la cual todo lo que sucede en el universo es resultado exclusivo de la voluntad divina, y la libertad humana, según la cual hay acciones que dependen exclusivamente de la voluntad del hombre, la cual podrá oponerse y representar un límite frente a la omnipotencia divina.
En consecuencia, esta alternativa conduce al concepto contradictorio de un ser omnipotente que no posee la omnipotencia si se acepta la libertad del hombre, o al concepto igualmente contradictorio de un ser libre que no posee libertad, si se acepta la existencia de un ser efectivamente omnipotente.
En relación con esta cuestión hubo diversas polémicas, como la de Erasmo de Rotterdam (1467-1536) frente a Martín Lutero (1483-1546), defendiendo el primero la libertad del hombre en su obra De libero arbitrio y negándola el segundo en su correspondiente escrito De servo arbitrio; o también la del dominico Domingo Báñez (1528-1604) frente al jesuita Luis de Molina (1536-1600), en la que pretendiendo ambos defender desde la ortodoxia católica la omnipotencia de Dios y la libertad del hombre, no llegaron a una solución del problema, por lo que el papa prohibió que siguieran las discusiones, declarando que se trataba de un misterio.
Por su parte, ya en el siglo XIII Tomás de Aquino (1225-1274) se había enfrentado a este problema y en sus escritos reflejó, como era lógico, planteamientos contradictorios, pues, a fin de justificar la responsabilidad moral del hombre, defendió en muchas ocasiones la libertad, pero también en otras ésta quedó negada al considerar que las decisiones humanas eran causadas por Dios. Así, por lo que se refiere a su defensa de la libertad, Tomás de Aquino está de acuerdo con la tradición socrática de que todo lo que deseamos lo apetecemos por considerarlo bueno, es decir, que nadie desea el mal por el mal. En este sentido afirma que “la voluntad no puede dirigirse hacia ningún objetivo a no ser por la consideración del bien” (“Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni...”[14] y que el hombre estaría determinado por un bien absoluto como lo sería Dios (“...ninguna otra cosa puede ser causa de la voluntad, sólo Dios mismo, que es el bien universal”[15] o la felicidad (..sólo el bien que es perfecto y no le falta nada es el bien que la voluntad no puede no querer, y éste es la bienaventuranza”[16]).
Sin embargo, para escapar del determinismo que derivaría de la atracción del bien, considera igualmente que el hombre es libre en cuanto depende de su voluntad la elección de cualquiera de los bienes que se presentan ante él (“...sed quia bonum multiplex est, propter hoc non ex necessitate determinatur ad unum”[17]). En este mismo sentido, afirma Tomás de Aquino: “El hombre no elige con necesidad, precisamente porque lo que es posible que no exista no es necesario que exista. Pero la razón de que es posible elegir y no elegir puede apreciarse por la doble potestad del hombre, porque el hombre puede querer y no querer, obrar y no obrar, y puede también querer esto o lo otro, hacer esto o lo otro. Y la razón de esto está en la virtud misma de la razón, pues la voluntad puede tender hacia cuanto la razón puede aprehender como bueno. Ahora bien, la razón puede aprehender como bien no sólo el querer y el obrar, sino también el no querer y el no obrar. Y además, en todos los bienes particulares puede considerar la razón de algún bien o el defecto de algún bien, que tiene razón de mal. Según esto, puede aprehender cualquiera de estos bienes como elegible o como rechazable. En cambio, al bien perfecto, que es la bienaventuranza, la razón no puede aprehenderlo bajo razón de mal o de algún defecto; y por eso el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente y no puede querer no ser feliz”[18].
Sin embargo y en contra de este punto de vista, hay que decir que Tomás de Aquino no tiene en cuenta que, aunque se puede querer y no querer en razón del bien o de la ausencia de bien, en cuanto los bienes se nos muestran como diversamente valiosos, la voluntad se inclina necesariamente por aquel bien que se le presenta como el mejor (aunque sólo lo sea desde un punto de vista subjetivo).
Quizá un ejemplo pueda servir para aclarar los problemas que encierra la doctrina tomista: Si deseáramos conseguir la mayor cantidad posible de dinero y algún millonario generoso (?) nos ofreciese la posibilidad de elegir entre dos cheques auténticos, uno de 1.000.000 € y otro de 1€, aunque cualquiera de estas posibles elecciones se relacionaría con un bien, nuestra elección se inclinaría por el primero -aunque también tendría un carácter limitado-. Sin embargo, si tales cheques estuvieran metidos en el interior de un sobre, de forma que no pudiéramos tener la seguridad de cuál de ellos contenía la cantidad mayor, podríamos equivocarnos y elegir el de 1€, lo cual no demostraría que nuestra auténtica preferencia fuera ésa, sino que no habíamos dispuesto de medios adecuados para reconocer cuál era el sobre que contenía el cheque preferido.
Tomás de Aquino reconoce que todo lo que es objeto de elección lo es en cuanto la razón lo presenta como bueno, y ése es el motivo por el cual afirma que el hombre quiere la bienaventuranza necesariamente, en cuanto la razón no puede aprehenderla como mal. En consecuencia, el determinismo representado por el bien absoluto seguiría existiendo, en cuanto la capacidad para elegir o no elegir sólo sería la manifestación de la incapacidad del hombre para valorar con total objetividad el grado de bondad o maldad existente en sus diversas posibilidades de elección, de manera que, si su razón fuera capaz de una clarividencia plena acerca de dicha bondad o maldad, elegiría necesariamente aquello que aprehendiera como bueno y, en consecuencia, estaría determinada por ese bien objetivo.
Por otra parte, si la elección se realizase sin motivo, sería azarosa, y no tendría sentido llamarla libre. Tomás de Aquino, comprendiendo esta dificultad, trata de justificar la elección de cada momento a partir del modo de ser de la propia naturaleza (“qualis unusquisque est, talis finis videtur ei”[19]), pero, aunque de este modo pretende superar el determinismo derivado de la atracción del bien, sin embargo sólo consigue dar una visión más completa de él, en cuanto hace derivar de esa naturaleza la elección de la voluntad.
Finalmente, para librarse del determinismo que deriva de la propia naturaleza, Tomás de Aquino afirma que, aunque la elección esté determinada por la naturaleza de cada uno, sin embargo esa naturaleza ha sido también objeto de elección. Pero esta “solución” presenta nuevas dificultades, pues, en primer lugar, nadie elige su propia naturaleza -pues toda elección se produce a partir de la posesión de una naturaleza inicial-, y, en segundo lugar, aceptando que dicha elección fuera posible, nuevamente surgiría el dilema de que o bien habríamos elegido la propia naturaleza por un motivo –y en ese caso sería ese motivo el que habría determinado la elección de dicha naturaleza o bien la habríamos elegido sin motivo alguno -y en tal caso volveríamos nuevamente a una interpretación basada en el azar-. De este modo, la libertad sería una palabra vacía de contenido, ya que o bien sería equivalente a determinismo, o bien sería equivalente a azar.
Por otra parte, cuando Tomás de Aquino trata del tema de la omnipotencia divina, en lugar de intentar salvar la responsabilidad humana, defiende un planteamiento absolutamente determinista.
a) Así, por ejemplo, en los capítulos 89 y 90 del libro III de la Suma contra los gentiles, Tomás de Aquino, criticando a Orígenes (185-254), defiende la tesis de que Dios no sólo es la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes [...]. De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar [...]. Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación”[20].
Así pues, la perspectiva de teólogos como Orígenes acerca del acto voluntario salvaría la libertad del hombre, pero no la omnipotencia divina. Su punto de vista se podría reflejar de acuerdo con el siguiente esquema: 
Potencia de querer à Elección de la voluntad à Acto físico
                    (Voluntad)                                 ↑                           ↑  
                          ↑                                     Hombre                      |
                          |                                -¿LIBERTAD?-               |
                          |                                                                          |
                          |_________________   DIOS _____________|
                                                             MINISMO-
Sin embargo, desde la perspectiva de Tomás de Aquino se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana. El esquema correspondiente a este punto de vista sería el siguiente:

                         Potencia de querer à Elección à Acto físico
                                     ↑_____________↑__________↑
                                                              DIOS 
                                                  -DETERMINISMO-

Insistiendo en este mismo punto de vista, añade Tomás de Aquino un poco más adelante:
“Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”.
O, lo que es lo mismo, Dios es causa de la existencia de nuestra voluntad o capacidad para tomar las decisiones que en cada momento tomamos, pero a la vez es causa de que queramos realizar una acción u otra.
Y en el capítulo siguiente concluye así:
“Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”.
Es decir, en cuanto Dios es causa de la existencia de nuestra voluntad o capacidad de querer y en cuanto es causa igualmente de que queramos esto o aquello, es igualmente la causa de las elecciones concretas que en cada momento realicemos como consecuencia de nuestro querer –que no es otro que lo que Dios quiere que queramos-.  
b) El tema de la libertad se enfocó también en el cristianismo desde la problemática de la “salvación” y la de la “predestinación”, y en estas cuestiones, frente a otras opiniones “heterodoxas” como la de Pelagio (360-425), que había defendido la tesis de que el hombre se salva por sus méritos y se condena por sus culpas, venció la tesis de que toda salvación viene de Dios y no de los méritos procedentes del buen uso de la libertad por parte del hombre; y, complementariamente, la idea de que Dios ha predestinado a los hombres desde la eternidad para su salvación o reprobación.
Mediante esta tesis quedaba a salvo la omnipotencia divina, aunque el protagonismo del hombre respecto a los actos realizados por él así como el valor de tales actos desaparecían por completo.
Sin embargo, los planteamientos tomistas -al igual que los de Agustín de Hipona- se mantuvieron en esta línea “ortodoxa”, y contribuyeron a su fijación como doctrina oficial de la iglesia católica.
Así, por lo que se refiere al tema de la salvación, santo Tomás, criticando a Pelagio, considera que el hombre es incapaz de conseguir la bienaventuranza por sus propios méritos y que sólo el auxilio divino puede llevarle a alcanzar este objetivo[21]; que nadie merece por sí mismo dicho auxilio[22]; y que desde la eternidad Dios determinó a quiénes concedería dicho auxilio y a quiénes lo negaría para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia (?):
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos”[23].
Por lo que se refiere de manera más concreta al tema de la predestinación, la postura de Tomás de Aquino es idéntica a la de los luteranos y los calvinistas en cuanto defiende que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina esté a su vez causada por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas”[24].
Por extraña y absurda que pueda parecer la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- podía dejar a salvo la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, la voluntad divina quedaría subordinada a las acciones y a los méritos del hombre; sin embargo, esta doctrina tiene el inconveniente de convertir al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente son suyas y, por lo tanto, no deberían repercutir en ninguna clase de mérito o de culpa por cuanto en último término no dependerían de él sino de la voluntad de Dios.
En el siglo XVI los teólogos españoles Domingo Báñez, dominico, y Luís de Molina, jesuita, entablaron una polémica con la intención de encontrar una solución que salvase a un tiempo la omnipotencia divina y la libertad humana. Pero, como era lógico, la discusión no alcanzó un final feliz; la solución de Báñez se inclinaba, como la de Tomás de Aquino, a salvar la omnipotencia divina, anulando la libertad del hombre, mientras que la de Molina se inclinaba, como la de Orígenes o la del también jesuita Francisco Suárez, a salvar la libertad humana, anulando la omnipotencia divina. Como no hubo forma –ni podía haberla- de encontrar una solución satisfactoria, en el año 1594 el papa Clemente VII prohibió que siguieran las discusiones, aunque no se atrevió a condenar ninguno de ambos puntos de vista.
Una consecuencia de la imposibilidad de salvar la libertad humana si se afirmaba la omnipotencia divina era que la responsabilidad humana deja de tener sentido y, en consecuencia, debían desaparecer todas aquellas doctrinas derivadas de aquella supuesta responsabilidad, como las referentes a las ideas de mérito, culpa, premio o castigo.
Como esta contradicción entre una omnipotencia divina limitada por los actos humanos libres y una libertad humana sometida a una omnipotencia divina tendría repercusiones radicalmente peligrosas para la supervivencia de las confesiones religiosas que aceptasen estas doctrinas contradictorias entre sí, los teólogos aplicaron a ellas –al igual que a muchas otras- el calificativo de “misterio”, el cual hace referencia a una doctrina incomprensible para la limitada capacidad humana y sólo comprensible por Dios. Este recurso al “misterio” ha sido una tónica de la jerarquía católica que lo ha aplicado a aquellas doctrinas en las que ha descubierto su incongruencia con otras simultáneamente afirmadas, o a aquellas otras de las que ha descubierto su carácter contradictorio. Mediante la consideración de que determinada doctrina tiene el carácter de “misterio” se considera que tal doctrina debe ser aceptada por un acto de fe, lo cual implica una renuncia a su comprensión y una aceptación de su verdad mediante un acto de sugestión programado insistente y convenientemente por la jerarquía religiosa y por los sacerdotes mediadores, que tratan así de “blindar” sus doctrinas contradictorias contra cualquier planteamiento racional que pretenda poner en evidencia su falsedad, lo cual obligaría a los dirigentes de la organización católica a reconocer sus errores dejando en evidencia su carácter falible simplemente humano y no inspirado en una supuesta “infalibilidad” del Papa en comunicación con el “Espíritu Santo”.
El concepto de “misterio” es complementario del concepto de “dogma”, entendido como una doctrina que se afirma como absolutamente verdadera, que no es racionalmente demostrable y que debe ser creída y aceptada por el “fiel” para no ser excluido de la organización y de la “bienaventuranza eterna” (?), a pesar de tratarse de doctrinas contrarias a la razón o sencillamente incomprensibles.
Los “dogmas” plantean el insoluble problema de cómo se puede saber que una doctrina teológica es verdadera sin saber al mismo tiempo por qué lo es, en cuanto no sea demostrable y en cuanto además llegue a ser contradictorio, como sucede en muchas ocasiones, poniendo en evidencia la mendacidad y el carácter embaucador de los dirigentes de la organización que deciden qué doctrinas hay que aceptar como dogmas, aprovechándose de la buena fe y de la ingenuidad de sus “fieles” para acostumbrarles a atrofiar su inteligencia para poder así manipular mejor sus mentes.





[1] Judit, 9:5.
[2] Isaías, 26:12.
[3] Eclesiástes, 6:10.
[4] Eclesiastés, 3:15.
[5] Ezequiel, 36:27.
[6] Josué, 11:20.
[7] Jueces, 7:22:
[8] 1 Samuel, 2:25.
[9] Proverbios, 16:4.
[10] 2 Tesalonicenses, 2: 11.
[11] Eclesiástico 16:15.
[12] Josué, 11:20.
[13] Eclesiástico 15:11-17.
[14] Tomás de Aquino: Suma Teológica, I, q. 28, a. 2. En este mismo sentido dice más adelante que “La voluntad es un apetito racional” y que “todo apetito es sólo del bien” (I-II, q. 8, a. 1).
[15] Suma Teológica, I-II, q. 9, a. 6.
[16] Suma Teológica, I-II, q. 10, a. 2.
[17] Suma Teológica, I, q. 28, a. 2.
[18] Suma Teológica, I-II, q. 13, a. 6.
[19] Suma Teológica, I-II, q. 13, a. 6.
[20] Suma contra los gentiles, III, capítulos 89 y 90.
[21] Suma Teológica, I, q. 83, a. 1.
[22]Suma contra los gentiles, 7, III, c. 147.
[23] O.c., c. 149.
[24] O.c., c. 163. La influencia de Pablo de Tarso sobre estos planteamientos parece evidente, pues en su Epístola a los Romanos escribió lo siguiente: “¿Acaso la figura plasmada dirá a su plasmador: ‘¿por qué me hiciste así?’ ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para honor y otro para afrenta? (Romanos, 9:20-21). Por su parte, Nietzsche critica estos planteamientos cuando escribe: “Demasiadas cosas le salieron mal a ese alfarero que no había aprendido suficientemente el oficio. Pero eso de vengarse en sus cacharros y en sus criaturas, porque le habían salido mal a él, eso fue un pecado contra el buen gusto(Así habló Zaratustra, p. 289. Planeta-De Agostini, Barcelona, 1992).

viernes, 10 de junio de 2011

Yahvé y el dios católico

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


Según los dirigentes católicos, su dios se identifica con Yahvé, el dios de los judíos del Antiguo Testamento, aunque los judíos no consideren que Yahvé tenga nada que ver con el dios cristiano, y se identifica igualmente con la figura de Jesús de Nazaret, de quien se ha tratado en otros momentos mostrando, sin necesidad de buscar más allá de los evangelios canónicos, que en ellos se niega en diversas ocasiones su identificación con el dios judío o con ningún otro, y en el Antiguo Testamento se afirma igualmente la existencia de otros dioses. Sin embargo, los dirigentes católicos se refieren a la Trinidad, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que nunca había aparecido en el Antiguo Testamento, y rechazan la existencia de otros dioses, despreciando los textos bíblicos que dicen reconocer como canónicos.
Los dirigentes católicos proclaman que su dios es el único existente, aunque declaran por otra parte que es un trío, formado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de los que dicen que son iguales pero distintos, contradicción que, aunque no hay por dónde cogerla, ellos asumen considerándola simplemente como un “misterio”. A la vez, aceptan las doctrinas bíblicas, procurando silenciar o no enterarse de que en ellas se proclama en múltiples ocasiones la existencia de una multiplicidad de dioses y el carácter tribal del dios Yahvé, que es el dios protector de Israel, que destruye y mata a sus enemigos. Sin embargo, con el paso del tiempo se le llega a considerar superior a los demás dioses, “dios de los dioses”, y, finalmente, como dios único.
Los dirigentes de la organización católica proclaman de su dios que es amor infinito, olvidando o escondiendo la serie de fechorías criminales atribuidas a este dios en el Antiguo Testamento contra su propio pueblo y contra los enemigos de su pueblo, y el hecho de que se trata de un dios que, según el Nuevo Testamento y según la doctrina de los dirigentes católicos, condena al fuego eterno a la mayoría de seres humanos a quienes tanto ama.
1. Yahvé elige a Israel como su pueblo.
En efecto, Yahvé elige al pueblo de Israel como su pueblo, al que va a ayudar, a librar de sus enemigos y a darle un lugar en el que vivir –“la tierra prometida”- a cambio de su sumisión, amor y adoración, y, especialmente, a cambio de su fidelidad, de manera que no adore a otros dioses, acción que constituye la ofensa más grave a Yahvé, siendo la causa de los mayores castigos.
Las referencias del Antigo Testamento a la elección de Israel como pueblo de Yahvé aparecen en muchas ocasiones, como las siguientes:
“Os tomaré para que seáis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios; entonces conoceréis que yo soy el Señor, vuestro Dios, el que os libró de la opresión egipcia” .
En este texto se hace referencia a esa elección de Yahvé junto con la alusión a la salvación del pueblo de Israel de la dominación egipcia a que había estado sometido, que el propio Yahvé presenta como una acción muy especial que sirve para sellar una alianza con el pueblo de Israel. Dicha alianza implica para el pueblo de Israel la obligación de mantener su fidelidad, y para el propio Yahvé la promesa de seguir protegiéndole de sus enemigos y de darle un lugar seguro en el que asentarse, “la tierra prometida”, la tierra de Canaán, que efectivamente sería conquistada por el pueblo de Israel, matando a todos sus habitantes según las órdenes [?] de su dios, cuya voz no es otra en realidad que la de los sacerdotes que decían hablar en su nombre y trasmitir sus órdenes.
En otros momentos Yahvé, es decir, los sacerdotes de Israel, comunican a su pueblo que Yahvé siempre le protegerá como su pueblo con tal que le obedezca y mantenga su alianza, la cual, por otra parte, en ningún momento se había producido formalmente ni nadie la había pedido, y cuya explicación es muy sencilla si se entiende que quien comunicaba estos mensajes al pueblo de Israel no era Yahvé, que, como todos los dioses, era una simple invención de la fantasía humana, sino simplemente los sacerdotes que decían hablar en su nombre, ya que les resultaría mucho más fácil dominar a su pueblo si se presentaban como transmisores de mensajes divinos que si se presentaban sin la autoridad que emanaba de aquella supuesta divinidad tan extraordinaria, teniendo en cuenta además la credulidad tan natural de la especie humana. Y así, los sacerdotes, hablando supuestamente en nombre de Yahvé y en relación con esta supuesta “alianza” con Israel, decían a su pueblo:
- “si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos” .
- “[Moisés les dijo] “si amáis al Señor vuestro Dios, seguís todos sus caminos y os adherís a él, el Señor expulsará ante vosotros a todas estas naciones, aunque sean más poderosas y fuertes que vosotros y os apoderaréis de sus posesiones. Los lugares que piséis con la planta de vuestro pie serán vuestros: desde el desierto hasta el Líbano, desde el río Éufrates hasta el mar Mediterráneo será territorio vuestro. Nadie podrá resistir ante vosotros. El Señor vuestro Dios sembrará delante de vosotros el pánico y el terror sobre toda la tierra en la que piséis, como os ha dicho” .
- “Habitaré en medio de los israelitas y seré su Dios” .
- “Perseguiré a vuestros enemigos, y éstos caerán a espada delante de vosotros” .
- “Viviré en medio de vosotros; seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” .
- “Me decía [un hombre algo misterioso]:
-Hijo de hombre, éste es el lugar de mi trono, donde pongo las plantas de mis pies y donde habitaré para siempre en medio de los israelitas” .
- “El Señor tu Dios te ha elegido para ser su pueblo entre todos los pueblos de la tierra” ;
- “…así dice el Señor todopoderoso: Siento un amor profundo por Sión y me abraso de pasión por ella” .
- “…de todas las familias de la tierra sólo a vosotros os elegí” ;
El carácter exclusivo y excluyente de la alianza de Yahvé con el pueblo de Israel se muestra igualmente en muchas ocasiones, en las que queda absolutamente claro que Yahvé no es un dios universal, no es el único dios, sino sólo el dios de Israel, que siente su dolor como propio y que está siempre dispuesto a protegerle de sus enemigos, tal como se muestra en los textos siguientes:
- “Haré con ellos [con el pueblo de Israel] una alianza de paz, una alianza eterna […] Pondré en medio de ellos mi morada, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” .
- “Porque así dice el Señor todopoderoso […]: “El que os toca a vosotros toca la niña de mis ojos”” .
- “¿Existe en la tierra un pueblo que sea como tu pueblo Israel, al que Dios mismo haya venido a rescatar para hacerlo su pueblo, para hacerlo famoso, para realizar en su favor grandes y terribles prodigios, expulsando a las naciones y a sus dioses delante de tu pueblo, a quien rescataste para ti de Egipto? Has consolidado a tu pueblo Israel y lo has hecho tu pueblo para siempre, y tú, Señor, te has convertido en su Dios” .
Tiene interés llamar la atención acerca de que el Jesús de los evangelios sigue viendo a Yahvé como un dios ligado exclusivamente al pueblo judío, hasta el punto de que, cuando una mujer no judía solicita su ayuda para que cure a su hija, Jesús le dice al principio que “no está bien” darle a ella lo que pertenece a su pueblo, y sólo después, admirado por su fe, Jesús le concede ese milagro :
“[Jesús] respondió:
-Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Pero ella fue, se postró ante Jesús y le suplicó:
-¡Señor, socórreme!
Él respondió:
-No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los perrillos.
Ella replicó:
-Eso es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces Jesús le dijo:
-¡Mujer, qué grande es tu fe! Que suceda lo que pides.
Y desde aquel momento quedó curada su hija” .
Un texto como éste, que demuestra el carácter particular y no universal de la supuesta misión de Jesús, debería ser suficiente para que la gente despertase de la serie de mentiras con que tradicionalmente ha sido engañada por los hechiceros, embaucadores, brujos y predicadores religiosos de todos los tiempos, pero los dirigentes católicos están tranquilos porque conocen la mentalidad de la masa y saben que es muy fácil embaucarla, a pesar de las contradicciones y aberraciones más absurdas con las que se la quiera adoctrinar.
Junto a estas promesas de protección a su pueblo, Yahvé –es decir, los sacerdotes judíos, ansiosos de dominio y de riquezas- ordena a su pueblo que no adore a otros dioses y le amenaza con castigos de indescriptible crueldad. Tales amenazas, evidentemente, no provienen de Yahvé sino de los sacerdotes judíos, que ya han aprendido a vivir del negocio de la religión y engañan al pueblo con la misma facilidad con que se le sigue engañando en la actualidad.
Como ejemplos de textos en que aparece esta exigencia así como la amenaza de Yahvé de castigarle con severidad en caso de infidelidad, pueden verse los siguientes:
a) “No tendrás otros dioses fuera de mí” .
b) “No profanéis la tierra que habitáis, en medio de la cual habito yo también, pues yo soy el Señor, que habito en medio de los hijos de Israel” .
Resulta especialmente llamativa la constante presencia de amenazas y de castigos reales tan llenos de crueldad como el del texto c, citado a continuación, en el que Yahvé muestra una brutalidad y un despotismo bestial, donde el castigo no se ciñe en exclusiva a matar a quienes le desobedecen, sino a matar también a su descendencia y a hacer que los padres lleguen a comerse a sus propios hijos. Una crueldad tan injusta y tan absurda no es propia de ningún dios y, evidentemente, son los sacerdotes judíos quienes están interesados en aterrorizar a su pueblo para tenerlo sometido y, para este fin, se sirven de Yahvé como hubieran podido servirse de cualquier otra amenaza fantástica pero igualmente horrible. Por su parte el texto d es más escueto y se limita a amenazar al pueblo con su desaparición en el caso de que no permanezcan fieles a Yahvé. Dicen así:
c) -“Si a pesar de todo esto no me obedecéis y seguís obstinados contra mí […] Comeréis la carne de vuestros hijos y de vuestras hijas […] amontonaré vuestros cadáveres sobre los cadáveres de vuestros ídolos y os detestaré […] os dispersaré entre las naciones y os perseguiré con la espada desenvainada” .
d) “Si rompéis la alianza que el Señor vuestro Dios hizo con vosotros, dando culto a otros dioses y postrándoos ante ellos, entonces se desatará la ira del Señor contra vosotros y muy pronto desapareceréis de esta tierra buena que él os ha dado”
e) “Así pues, respetad al Señor y servidle en todo con fidelidad; quitad de en medio de vosotros los dioses a los que sirvieron vuestros antepasados en Mesopotamia y en Egipto, y servid al Señor” .
Los sacerdotes parece que son conscientes de que todos aquellos dioses a los que también adoró el pueblo de Israel son simples invenciones humanas, pero en lugar de negar su existencia –que podría llevar al pueblo de Israel a dudar también acerca de la de su propio Dios-, simplemente exhortan al pueblo a que no les adoren porque Yahvé les ha salvado de la esclavitud en Egipto y han hecho un pacto con él de forma que sólo él debe ser su dios. Será más adelante, cuando Yahvé sea valorado como el dios más fuerte de todos los dioses, como “el dios de los dioses” y, finalmente, como el único Dios.
1.2. Amores que matan
Resulta asombroso y desconcertante que el agradecimiento de Israel a Yahvé, ese dios que los dirigentes católicos identifican también como su dios, se manifieste no sólo por el amor y por la ayuda que de él recibe sino también por haber matado a “los primogénitos de Egipto”, tal como se expresa en el siguiente texto de los Salmos:
“¡Aleluya!
Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Dios de los dioses
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Señor de los señores
porque es eterno su amor.
[……….]
Al que hirió [= mató] a los primogénitos de Egipto
porque es eterno su amor” .
En diversas ceremonias actuales católicas se siguen cantando algunos de esos Salmos, pero los dirigentes católicos se cuidan mucho de recordar el que dice: “Dad gracias […] al que hirió [= mató] a los primogénitos de Egipto porque es eterno su amor”, pues quizá temen que los católicos de base puedan preguntarse extrañados por la compatibilidad entre ese amor eterno y el hecho de que de modo indiscriminado y gratuito Yahvé matase a los primogénitos de Egipto, que ninguna culpa tenían de la actitud de su faraón, y respecto a los cuales la acción de Yahvé, el dios judío, no se caracterizó por una actuación justa ni por un amor especial sino por todo lo contrario. Y mucho más si se tiene en cuenta que el poder de Yahvé –al menos el supuesto poder de Yahvé- hubiera podido paralizar a los egipcios durante el tiempo suficiente para que los judíos abandonasen Egipto, sin necesidad de que nadie tuviera que morir. Pero, claro está, la imaginación de quienes escribieron esta parte de la Biblia no llegó todavía hasta el punto de suponer que el poder de su dios fuera tan absoluto que hubiera podido realizar una hazaña como ésa. Y, por otra parte, hay que asumir que el pobrecito Yahvé no podía saber nada de todo esto que sus sacerdotes escribieron acerca de sus supuestas y sanguinarias hazañas, pues para saberlo hubiera necesitado al menos existir. Así que, parafraseando a Stendhal, habría que decir que “la única excusa de Yahvé ante aquella serie de atrocidades que le atribuyeron era la de que no existía”.
2. La alianza de Yahvé con Israel
Por lo que se refiere a la alianza de Yahvé con el pueblo de Israel, hay que añadir que, si, por una parte, tiene su fundamento en su acción liberadora respecto a la esclavitud de su pueblo en Egipto, por otra, tuvo su continuidad en la promesa de Yahvé de darle una tierra en donde pudiera asentarse de manera definitiva, superando la serie de periodos de su historia de migraciones, esclavitud y destierro. Yahvé les alienta con la esperanza de “la tierra prometida”, pero, como en otros momentos, pone sus condiciones, que no son otras que las de la fidelidad y adoración, y sus amenazas, que son igualmente las de renegar y destruir a su pueblo si no se mantiene fiel a él y cae en la tentación de adorar a los dioses de los pueblos cuyas tierras les va a entregar:
“Cuando el Señor tu Dios haya aniquilado ante ti las naciones que vas a despojar; cuando las hayas despojado y habites en sus dominios, ten cuidado para no caer en la trampa siguiendo su ejemplo, una vez que ellas hayan desaparecido ante ti. No busques, pues, a sus dioses diciendo “Yo también voy a dar culto a los dioses a quienes esos pueblos daban culto”. No procederás así con el Señor tu Dios, ya que nada hay más odioso y abominable para el Señor que lo que hacían estos pueblos por sus dioses, pues incluso quemaban a sus hijos e hijas en honor de sus dioses” .
3. La existencia de otros dioses
Por lo que se refiere a la existencia de esos otros dioses son muchas las ocasiones en que ésta se afirma, tanto si es para advertir al pueblo de Israel de que no debe caer en la tentación de adorarlos, puesto que su dios es Yahvé, como si es para exaltar el poder de Yahvé por encima de todos ellos, tal como se muestra en los textos siguientes:
-“Jacob dijo a su familia y a todos los que estaban con él:
-Tirad los dioses extraños que tengáis” .
-“No invocarás el nombre de otros dioses; que no lo pronuncie tu boca” .
-“Yo os entregaré a los habitantes del país, y tú los echarás de tu presencia. No hagas pacto con ellos ni con sus dioses. No los dejes vivir en tu tierra, no sea que te inciten a pecar contra mí, dando culto a sus dioses; eso sería tu ruina” .
En estos textos se muestras de manera especial el interés de los sacerdotes hebreos en mantener la exclusiva del negocio religioso de su pueblo, frente a la posibilidad de la competencia de otras organizaciones sacerdotales otros dioses, es decir, de un negocio religioso sacerdotal ajeno al del monopolio tradicional de los sacerdotes de Yahvé.
-[Moisés dijo] “Y en efecto, ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella, como lo está el Señor nuestro Dios, siempre que lo invocamos?” .
Aquí Moisés acepta la existencia de otros dioses, sólo que más lejanos que Yahvé, lo cual es una forma de propaganda comparando la cercanía de Yahvé con la lejanía de los otros dioses, pero en cualquier caso la existencia de esos otros dioses no se pone en cuestión.
-“Destruye, pues, a todos los pueblos que el Señor tu dios va a entregarte; no tengas piedad de ellos, ni des culto a sus dioses, pues serían para ti una trampa” .
Aquí la salvaje destrucción de esos pueblos viene motivada de manera especial por el temor de los sacerdotes de Yahvé a que los judíos puedan “contaminarse” con las religiones de esos otros pueblos, es decir, dejar de estar sometidos a su autoridad. Ese mismo temor es el que se expresa en los textos siguientes, donde los sacerdotes amenazan al pueblo judío con sequías, hambre, esclavización y, en definitiva, con la muerte si dan culto a otros dioses distintos de Yahvé:
-“Pero tened cuidado, no os dejéis seducir ni os apartéis del Señor, sirviendo y dando culto a otros dioses. Si hacéis esto, el Señor se enfurecerá contra vosotros, cerrará los cielos y no habrá más lluvia; la tierra no dará fruto y vosotros pereceréis bien pronto en esa tierra que el Señor os da” .
-“Cuando el Señor tu Dios haya aniquilado ante ti las naciones que vas a despojar; cuando las hayas despojado y habites en sus dominios, ten cuidado para no caer en la trampa siguiendo su ejemplo, una vez que ellas hayan desaparecido ante ti. No busques, pues, a sus dioses diciendo “Yo también voy a dar culto a los dioses a quienes esos pueblos daban culto”. No procederás así con el Señor tu Dios, ya que nada hay más odioso y abominable para el Señor que lo que hacían estos pueblos por sus dioses, pues incluso quemaban a sus hijos e hijas en honor e sus dioses” .
-“Se prostituyeron ante otros dioses y los adoraron” .
-“Yo soy el Señor, vuestro Dios. No adoréis a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupáis” .
-“Los israelitas volvieron a ofender al Señor con su conducta; adoraron a Baal y Astarté, a los dioses de Aram, Sidon, Moab, de los amonitas y de los filisteos. Abandonaron al Señor y no le dieron culto. Entonces el Señor se encolerizó contra los israelitas y los entregó en poder de los filisteos y de los amonitas” .
-“El Señor les respondió:
-Cuando los egipcios, los amorreos, los amonitas, los filisteos […] os oprimían y clamasteis a mí, ¿no os salvé de ellos? Sin embargo, vosotros me habéis abandonado para dar culto a otros dioses. Por eso no os salvaré ya más. Id, invocad a los dioses que os habéis elegido. Que os salven ellos en la hora del peligro” .
El texto que sigue a continuación –así como otros que más adelante se citarán- es especialmente significativo porque en él se afirma de manera más explícita la existencia de otros dioses –en este caso, el dios Camos- que dan a sus respectivos pueblos aquello que poseen:
-“[Jefté envió emisarios al rey de los amonitas para decirle:] Fue el Señor Dios de Israel, el que expulsó a los amorreos ante su pueblo, Israel, ¿y pretendes tú ahora quitarle su posesión? ¿Acaso no posees tú todo lo que tu dios Camos te ha dado?” .
Es evidente que si Jefté considera que el dios Camos ha dado posesiones a los amonitas es porque igualmente considera que dicho dios existe.
En el texto que sigue se muestra de nuevo el interés de los sacerdotes en que el pueblo no adore a otro dioses, tanto por su propio afán de dominarlo a través de sus creencias en torno a Yahvé, cuyos designios ellos dicen interpretar, como posiblemente por su deseo de que el pueblo se mantenga unido:
- “Y Samuel dijo a todo el pueblo de Israel:
-Si queréis convertiros al Señor de todo corazón, quitad de entre vosotros los dioses y diosas extranjeros, volveos hacia el Señor y adoradlo sólo a él, y el Señor os librará de los filisteos” .
“[El Señor dijo] me han abandonado para dar culto a dioses extranjeros” .
En el texto que sigue se muestra de nuevo la obsesión de los sacerdotes de Yahvé por impedir que su pueblo adore a los dioses de la competencia, hasta el punto de que le amenaza con que Yahvé les destruirá por completo si caen en esa tentación:
“Pero si vosotros y vuestros hijos me abandonáis, y en lugar de cumplir las leyes y mandamientos que os he dado, dais culto a otros dioses y los adoráis, borraré a Israel de la tierra que les he dado” .
El texto siguiente tiene un interés especial, en primer lugar, porque en él se habla del rey Salomón, tan famoso por su sabiduría; en segundo lugar porque, a pesar de afirmarse en él que Yahvé se le había aparecido dos veces, sin embargo Salomón se atrevió a desobedecerle y a adorar a toda una multiplicidad de dioses de sus respectivas esposas –setecientas-, pues resulta realmente absurdo que alguien, a quien supuestamente se le hubiera aparecido el Dios verdadero con toda su grandeza y hubiese gozado del extraordinario privilegio de conocerle directamente y de ser plenamente consciente de que se trataba del auténtico Dios, fuera luego tan estúpido de ponerse a adorar a otros dioses, conociendo además la ferocidad de ese dios, que había castigado ya con la muerte y con atroces castigos a todo aquel que se hubiese atrevido a adorar a otros; y, en tercer lugar, porque resulta asombroso que, después de su incalificable osadía y desprecio a Yahvé, a continuación no cayese fulminado como les había sucedido a muchos otros por delitos incomparablemente más insignificantes. En este sentido conviene recordar que los sacerdotes habían amenazado al pueblo con la muerte en cuanto se atrevieran a adorar a otros dioses . ¿Por qué Yahvé no castigó a Salomón? Pues por la sencilla razón de que el pobrecito Yahvé no podía hacer nada, ya que para hacer algo es necesario al menos existir, pero allí quienes existían de verdad y estaban especialmente vivos eran los sacerdotes, que se atrevían a asesinar a cualquier miembro del pueblo de Israel que pudiera poner en peligro su negocio, pero que no osaron enfrentarse con el rey Salomón, de manera que en el Antiguo Testamento sólo se atrevieron a escribir del rey Salomón que su corazón “ya no perteneció al Señor, como el de su padre ” :
“cuando [el rey Salomón] se hizo viejo [sus esposas] desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor, como el de su padre David. Dio culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el ídolo de los amonitas […] Otro tanto hizo para los dioses de todas sus mujeres extranjeras, que quemaban en ellos [en los altares] perfumes y ofrecían sacrificios a sus dioses. El Señor se irritó contra Salomón porque apartó su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, ordenándole que no fuese tras otros dioses, pero él no cumplió esta orden” .
3.1. Yahvé y su relación con los otros dioses
A lo largo de las citas que siguen se habla de Yahvé comparándolo con los otros dioses, viéndolo como dios de los dioses, pero afirmando de modo implícito pero claro la existencia de esos otros dioses, que tienen sus respectivas áreas de influencia en otros pueblos, pero cuyo poder es considerado por los sacerdotes judíos muy por debajo del poder de Yahvé, hasta el punto de que llegan a escribir que Yahvé ejerce como juez en medio de todos los dioses, que es el más grande de todos, que es padre de todos ellos y que los eliminará de la tierra, todo lo cual sólo podría tener algún sentido en la misma medida en que se aceptase la existencia de tales dioses, tal como se muestra nítidamente en los textos siguientes, pertenecientes en su casi totalidad al libro de los Salmos, valorado especialmente por los dirigentes de la secta católica para extraer determinados versículos y utilizarlos en sus cánticos y rituales:
- “El Señor será terrible contra ellos, eliminará a todos los dioses de la tierra” .
- “El Señor, el Dios de los dioses, habla y convoca a la tierra desde oriente a occidente” .
- “¿Qué dios es tan grande como nuestro Dios?” .
- “No tendrás un dios extraño, no adorarás a un dios extranjero” .
- “Dios se levanta en la asamblea divina, y ejerce como juez en medio de los dioses” ;
- “Os lo aseguro: “Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo todos, moriréis como todos los hombres” .
- “Porque el Señor es un Dios grande, rey poderoso más que todos los dioses” .
- “¡Que se postren ante él todos los dioses!” .
- “Porque tú, Señor, eres […] mucho más excelso que todos los dioses”
- “Bien sé que el Señor es grande […] más que todos los dioses” .
3.2. Yahvé, dios de los dioses
Con el paso del tiempo y a medida que Israel fue haciéndose fuerte, la nueva situación tuvo su reflejo la actitud de los sacerdotes de Yahvé, que ya dejaron de ver a su dios como uno más entre el conjunto de los dioses, y lo consideraron como rey de todos los pueblos en cuanto todos estarían sometidos a Israel:
“¡Pueblos todos, aplaudid; aclamad a Dios con voces de júbilo! Porque el Señor […] es el rey de toda la tierra. Él nos somete los pueblos, y nos subyuga las naciones. Él escogió nuestra heredad, orgullo de Jacob, su amado” .
Al mismo tiempo, los sacerdotes judíos presentan a Yahvé como “dios de los dioses”, dioses cuya existencia no es negada sino afirmada a lo largo de muchos momentos del Antiguo Testamento, tal como luego se verá:
- “el Señor vuestro Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; el Dios grande, fuerte y temible” .
Esta idea de que Yahvé es el más poderoso de todos los dioses aparece de manera especial en el libro de los Salmos, en el que, cuando se dice de Yahvé que es “rey más poderoso que todos los dioses”, se está afirmando de manera explícita la existencia de tales dioses:
“Porque el Señor es un Dios grande, rey poderoso más que todos los dioses […] Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo” .
3.3. Yahvé, dios único.
Con el transcurso del tiempo, los sacerdotes judíos se atrevieron a llevar más lejos la exaltación de su dios Yahvé, hasta proclamarlo como Dios único y no sólo como Dios de los dioses:
“[Ezequías oró así:] -Señor, Dios de Israel, que te sientas sobre los querubines, tú eres el Dios de todos los reinos de la tierra, tú has hecho el cielo y la tierra […] Te suplico, Señor, Dios nuestro, que nos libres de su poder [= del poder de los reyes de Asiria], para que todos los reinos de la tierra sepan que tú, Señor, eres el único Dios” .
4. Los sacerdotes piden a Yahvé que no tenga piedad de los enemigos de su pueblo, deseando el castigo y la venganza contra ellos.
La idea de Dios como amor infinito que se extiende a toda la humanidad no cabe en la imaginación de los sacerdotes judíos, lo cual es contradictorio con la doctrina posterior que considera a Dios como amor infinito. Y así, en este sentido los sacerdotes judíos mediante sus Salmos piden a Yahvé que mate a sus enemigos:
“Despierta, ven a mi encuentro y mira, pues tú eres el Señor, Dios todopoderoso, Dios de Israel: levántate para castigar a todas esas gentes, no tengas piedad de los pérfidos traidores”
“Oh Dios, mátalos, para que mi pueblo no lo olvide; dispérsalos y humíllalos con tu poder, tú, Señor, que eres nuestro escudo”
“¡Aleluya!
Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Dios de los dioses
porque es eterno su amor.
Dad gracias al Señor de los señores
porque es eterno su amor.
[……….]
Al que hirió [=mató] a los primogénitos de Egipto
Porque es eterno su amor”
En este último texto hay al menos dos aspectos a destacar: Se habla del “dios de los dioses”, luego, como ya se ha dicho, para el pueblo judío de aquella época hay otros dioses distintos a Yahvé. Pero lo más llamativo de este texto es que se haga referencia a la muerte enviada a los primogénitos de Egipto, que no eran culpables de la conducta de su faraón y al escritor de los Salmos le resulte tan natural considerar como una muestra del amor eterno de Yahvé la muerte de aquellos inocentes. Por ello, es una flagrante contradicción hablar del “amor eterno” de Yahvé cuando se está mencionando esta bárbara y cruel acción contra aquellos primogénitos para quienes su amor no fue precisamente extraordinario. La contradicción sólo se resuelve teniendo en cuenta que se está hablando de un dios tribal, el “Dios de Israel” y todavía no se habla de un Dios Universal que ame a todos los hombres, pues las ambiciones de los sacerdotes judíos son por el momento bastante limitadas y todavía tendrá que llegar Pablo de Tarso para convertir esa pequeña empresa religiosa en la peligrosa secta multinacional católica que tanto daño ha causado a lo largo de la historia y tanto poder y riquezas ha ido acumulando para sus dirigentes.
Hay otros salmos especialmente llamativos por el rencor, por el odio a los enemigos y por el deseo de venganza que expresan, aplicado incluso a los hijos de aquellos de quienes recibieron algún daño, y, desde luego, muy alejado de aquel amor a los enemigos que Jesús llegó a exigir a sus discípulos, al margen de que él tampoco actuase de manera especialmente coherente con tal exigencia en cuanto, al menos según los textos del Nuevo Testamento, condenó al fuego eterno a la mayor parte de la humanidad:
- “Capital de Babilonia, criminal, dichoso el que te pague el mal que nos has hecho, dichoso el que agarre a tus hijos y los estrelle contra la roca” ;
- “¡Ojalá, Dios mío, hicieras morir a los malvados, y se apartaran de mí los sanguinarios” ;
- “Lluevan sobre ellos [sobre los malvados] brasas encendidas,
que se hundan en el abismo y no vuelvan a salir” .
- “El Señor protege a todos los que lo aman, pero extermina a todos los malvados” .
- “[Los judíos] no exterminaron a los pueblos como el Señor les había ordenado, sino que se mezclaron con los paganos, y aprendieron sus prácticas: dieron culto a sus ídolos, que fueron la causa de su ruina, e inmolaron sus hijos e hijas a demonios. Derramaron sangre inocente, la sangre de sus hijos y sus hijas, que inmolaron a los ídolos de Canaán. […] Por eso el Señor se enfureció contra su pueblo y llegó a aborrecer su heredad […] Pero […] recordó su alianza con ellos, se arrepintió por su gran amor” .
- “Haz bien al humilde y no des al malvado; niégale el pan […] Que también el Altísimo odia a los pecadores y se venga del malvado”
- “Despierta tu furor, derrama tu ira, destruye al adversario, aniquila al enemigo […] Tu fuego vengador devore a los que queden, y perezcan los que oprimen a tu pueblo” .