miércoles, 10 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XXI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
19. La contradicción del llamado “pecado original” con el que todos habríamos nacido, a pesar de considerar el pecado como una acción voluntaria en contra de la ley divina.
Desde el Concilio de Cartago a finales del siglo IV, la jerarquía cristiana afirma como dogma de fe la existencia de un “pecado” cometido por Adán y Eva, que se transmitiría al resto de la humanidad con la excepción de María, la madre de Jesús.
CRÍTICA: Lo más probable es que la idea de una falta o de un pecado como ése se debiese al hecho que el pensamiento judío y cristiano se había preguntado por la causa de sus continuos padecimientos en la vida: Enfermedades, hambre, peligros, calor, frío, diluvios, muerte… El pensamiento de entonces, del mismo modo que había llevado a los hombres a una interpretación antropomórfica de toda esa serie de fenómenos, considerando que estaban provocados por seres invisibles dotados de poderes extraordinarios, igualmente debió de conducir al pueblo judío a pensar que el daño que sufrían se debía a alguna ofensa contra Yahvé, considerando que sólo mediante determinados rituales y sacrificios podría aplacar su ira y conseguir su perdón.
La absurda doctrina de la jerarquía católica, que considera que el supuesto pecado original se trasmite de padres a hijos desde Adán, del cual descenderíamos todos, parece que fue defendida inicialmente por Pablo de Tarso y quedó expresada en la serie de ocasiones en que dice que “por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres” ( ), aunque éstos no hubiesen cometido delito, ofensa o daño alguno. Un modo de pensar tan absurdo puede tener ya alguna base en la mentalidad de quienes escribieron la Biblia, en donde se cuenta, por ejemplo, que en la última de las famosas plagas de Egipto y a fin de lograr que el faraón permitiese la marcha de los judíos, Yahvé, de manera despótica y absurda, castigó a los egipcios con la muerte de todos sus primogénitos a fin de conseguir que su faraón permitiese la marcha de los judíos. ¿Qué delito habían cometido tales primogénitos para merecer aquella absurda represalia? Simplemente se cumplía a nivel de fábula bíblica lo que parecía ser habitual y natural en el contexto de aquella “cultura”.
También en diversas ocasiones la Biblia refleja la doctrina según la cual Dios no sólo castiga al culpable de una desobediencia sino también a su descendencia “hasta la tercera y cuarta generación” ( ), lo cual representa ya el mismo tipo de arbitrariedad que el condenar a todas las generaciones posteriores como sucedería según el supuesto “pecado original”, aunque en este caso la injusta arbitrariedad quedaría simplemente elevada a la máxima potencia.
La consideración de que toda culpa tiene carácter individual es lo que condujo a los musulmanes a rechazar la existencia de tal “pecado original”.
Por otra parte, conviene tener en cuenta que en el Génesis, primer libro de la Biblia, en que aparece el relato de aquella desobediencia, Dios castiga a la pobrecita serpiente –que nada tiene que ver con “el demonio”-, a Eva y a Adán, pero nada se dice en absoluto de un castigo para su descendencia, y, por lo que se refiere a la expulsión del jardín de Edén, se dice que fue una decisión divina para evitar que Adán y Eva comieran del fruto del árbol de la vida y, como consecuencia, vivieran para siempre ( ).
El dogma del pecado original implica, en consecuencia, diversas contradicciones. La primera consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: Si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de supuestas leyes divinas, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber realizado acción alguna, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de tales leyes. De hecho, el mismo Agustín de Hipona sólo pudo encontrar, como explicación de la “herencia” de ese pecado, una nueva doctrina tan absurda como la anterior, consistente en la teoría de que los hijos heredaban de los padres no sólo el cuerpo, sino también el alma (doctrina conocida con el nombre de “traducianismo”), ya que estando relacionado el pecado con una potencia del alma como sería la voluntad, si el hombre sólo heredase el cuerpo, Agustín de Hipona –“San Agustín”- no entendía qué lógica podía haber en la doctrina de este supuesto pecado, pues el cuerpo era sólo el instrumento del que se servía el alma para realizar aquellos actos que podían estar o no de acuerdo con la voluntad divina y, por lo tanto, no podía ser el origen del pecado, mientras que, por otra parte, si el alma era creada directamente por Dios para cada uno de los hombres que nacieron después de Adán y Eva, resultaba incomprensible y absurdo que Dios hubiese creado un alma en pecado. Sin embargo, la jerarquía cristiana de la época no aceptó la tesis de Agustín, seguramente porque, al considerar el alma como una realidad espiritual, no podía aceptar que el alma espiritual se transmitiese de padres a hijos como consecuencia de una relación meramente física. Pero, no encontrando ninguna explicación racional para esta doctrina, no tuvo ningún reparo en considerar el pecado original -¡y tan “original”!- como un misterio, concepto con el que la jerarquía católica trata de esconder y negar la serie de contradicciones en que van incurriendo a lo largo de su ya larga historia.
En segundo lugar, en cuanto la jerarquía católica considera que la omnipotencia divina pudo evitar que María naciera en pecado, esta doctrina representaría la demostración más evidente de que nacer en pecado no era necesario e inevitable, y, en consecuencia, plantea una insuperable dificultad: ¿No es contradictorio con la supuesta omnipotencia y amor infinito de Dios negar que concediese al resto de la humanidad la gracia que concedió a María? ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? Pero, si era bueno, ¿por qué privó a María de ese “privilegio”? Y, si no era bueno, ¿por qué sólo utilizó su poder para librar del pecado a María y no al resto de la humanidad? Pues, si el amor de Dios fuera infinito, no tendría sentido que ese poder se debilitase a medida que lo fuera utilizando. Y tampoco tendría sentido considerar que su amor fuera “más infinito” para unos que para otros. Quizá, con ganas de decir sandeces, alguien pudiera sugerir que el pecado original era bueno a fin de que Dios manifestase su amor muriendo en una cruz, pero en tal caso la consideración del pecado como bueno sería contradictoria con la supuesta necesidad de la llamada “redención”. Además, habría sido un nuevo absurdo que el perdón a la humanidad se obtuviese por la mediación del sufrimiento y de la muerte injusta de alguien, tanto si se trataba de un hombre como si se trataba del mismo Dios en una cruz. Tal explicación sólo podría tener sentido en el contexto de una mentalidad sádica en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor o de algún familiar como su hijo -en este caso, el propio Dios convertido en hombre-, que pagaría por el delito de otro hombre. Por ello mismo, esta doctrina representaría además una aplicación de la ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente…”, que, aunque defendida en el Antiguo Testamento ( ), fue luego criticada por Jesús -según los evangelios-, y habría sido radicalmente incompatible con la constante referencia al perdón y a la misericordia infinitas de Dios, cuya aplicación debería ser gratuita precisamente por tratarse de una gracia y no el resultado de una “transacción” como la que podría expresar la supuesta “redención”, doctrina basada en la aplicación de una doctrina transaccional del estilo de “tú me ofreces un sacrificio y, a cambio, yo te perdono”.
Por otra parte, el pecado original, considerado en sí mismo, plantea además otros dos problemas que muestran igualmente su carácter absurdo:
1) Si en el momento de la supuesta creación de Adán y Eva no hubo contrato alguno entre Dios y “nuestros primeros padres” que estableciese para ellos la obligación de obedecer los mandatos que Dios quisiera imponerle, es absurda la doctrina según la cual el hombre tuviera la obligación de obedecerle a partir del argumento erróneo de que, como Dios le había creado, tenía el derecho de exigirle su obediencia en aquello que quisiera mandarle, pues la supuesta creación de Dios no pudo haber sido precedida de un contrato previo entre el ser humano y Dios, en el que se tratase de las condiciones de la creación del primero, ya que para realizar dicho pacto el hombre debería haber existido previamente.
2) Es igualmente absurdo que Dios impusiera a Adán y a Eva la prohibición de comer de aquel árbol cuando, a causa de su presciencia, sabía de antemano que Adán y Eva comerían de la manzana, y cuando además, como consecuencia de su omnipotencia, les había predeterminado para que lo hicieran. Así que de nuevo nos encontramos ante la idea antropomórfica de un Dios que, al igual que un niño que juega con sus muñecos, deja volar su fantasía e imagina luchas y aventuras entre ellos, aunque sea él quien actúa mientras que sus muñecos sólo “hacen” aquello que él quiere que “hagan”, del mismo modo sería Dios quien determinaría las acciones del hombre y el mismo sentimiento de cada uno de ser el auténtico protagonista de “sus actos” (?).

martes, 9 de diciembre de 2008

18. La contradicción por la cual la “buena nueva” de la doctrina católica no apareció de manera completa al comienzo del Cristianismo, en cuanto la jerarquía católica sigue fabricando su propia “buena nueva” a lo largo de los siglos según la “oportunidad” del momento.
CRÍTICA: Si la “buena nueva”, que, según la jerarquía católica, debía ir unida a la encarnación, vida, pasión y muerte de Jesús, tenía una importancia tan definitiva para la humanidad, es absurdo que la jerarquía católica haya seguido presentando nuevas doctrinas por su cuenta, usurpando el papel del supuesto Espíritu Santo, supuesto inspirador de quienes transmitieron tal “buena nueva”. Esa forma de actuar se pone de manifiesto cuando la jerarquía católica, en lugar de limitarse a propagar la supuesta “buena nueva” de Jesús, va añadiendo nuevos dogmas y contenidos doctrinales a las antiguas doctrinas, cuya única importancia es la de servirle para amoldar sus contradictorios puntos de vista a la mentalidad de cada época a fin de no quedar en evidencia por sus arcaicas doctrinas, rotundamente desfasadas, perdiendo por ello poder e influencia política y social.
Como ejemplos evidentes de estos cambios doctrinales estratégicos, puede hacerse referencia a la contradicción entre Jesús y Pablo de Tarso por lo que se refiere a las siguientes cuestiones:
a) Jesús se pronuncia en contra de los ricos, en favor de los pobres y en favor del amor a los enemigos, mientra Pablo de Tarso –y la jerarquía católica en general- se pronuncia en la teoría y sobre todo en la práctica en favor de los ricos y de la esclavitud; en favor del odio, de la muerte, del exterminio de quienes no han estado de acuerdo con sus dogmas, tal como se muestra a lo largo de la historia con sus “cruzadas” contra los musulmanes, con su implacable persecución y quema en la hoguera de los considerados como “herejes”, efectuada por la “Santa Inquisición”, o contra la España republicana del año 1936, en la guerra calificada como “cruzada nacional”;
b) Jesús muestra un trato respetuoso e igualitario respecto a la mujer, pero Pablo –y la jerarquía católica en general-, más de acuerdo con la tradición bíblica machista, defiende un sometimiento servil y radical de la mujer respecto al varón;
c) Jesús considera que su labor de predicación tiene un carácter particular referida al pueblo de Israel y referida a la búsqueda de una religiosidad más pura, mientras que Pablo –y la jerarquía católica- defiende el carácter universal del mensaje evangélico.
A continuación se analizan con algún detalle estas diferencias entre la doctrina de Jesús y la de Pablo de Tarso –y la de la jerarquía católica-.
a) Así, por lo que se refiere a las relaciones con el prójimo y a la valoración de las diferencias entre ricos y pobres, pueden observarse diferencias radicales:
1) En líneas generales la doctrina de Jesús, según los evangelios, es muy clara respecto a la defensa de amor al prójimo, que incluía el amor a los enemigos, y la crítica a los ricos pronunciando frases de condena contra ellos del estilo
“es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios” ( );
es también evidente el comunismo de los cristianos de los primeros tiempos después de la muerte de Jesús, al menos según se narra en diversos pasajes de los Hechos de los apóstoles, donde se dice:
- “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno” ( ).
- “No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían hacienda o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” ( ).
Y, por lo que se refiere a la esclavitud, aunque Jesús no hace referencia a ella en ningún momento, de lo anterior se deduce evidentemente que la habría rechazado de manera tajante.
2) Respecto al radical cambio de actitud representado por Pablo de Tarso en relación con los ricos puede comprobarse fácilmente acudiendo a su primera epístola a Timoteo en la que le dice:
“a los ricos de este mundo recomiéndales que no sean orgullosos, ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que nos provee de todos los bienes en abundancia para que disfrutemos de ellos” ( ).
En esta carta, traicionando la postura de condena de Jesús contra los ricos, Pablo de Tarso defiende y tranquiliza a los ricos, diciéndoles que no van a tener problemas para entrar en el reino de los cielos, y que ya ni siquiera hace falta que repartan sus riquezas sino sólo que las disfruten, pero “que no sean orgullosos”.
En este mismo sentido y por lo que se refiere a la esclavitud, mientras Jesús defiende incluso el amor a los enemigos, Pablo de Tarso adopta una escandalosa actitud en defensa de esa repugnante institución, actitud que la jerarquía católica procura silenciar ahora, pero que aparece de modo inequívoco en textos supuestamente sagrados en cuanto “palabra de Dios” como los siguientes:
“Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara. No con una sencillez aparente que busca sólo el agrado a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios” ( ).
b) Respecto a la cuestión de la valoración de la mujer puede verse una diferencia abismal entre las enseñanzas de Jesús y las de Pablo de Tarso:
1) Hay pasajes de los evangelios en los que Jesús aparece conversando con una samaritana manteniendo un trato de igualdad y de respeto ( ) o refiriéndose a María Magdalena con un trato absolutamente comprensivo y amable, a pesar de tratarse de una mujer “pecadora”. No obstante esto no significa que la actitud de Jesús hacia la mujer haya especialmente modélica de progresismo sino que en líneas generales siguió, aunque suavizada, la línea de la tradición judía, en cuanto, por ejemplo, no eligió a ninguna mujer como miembro de su grupo de “apóstoles” y los personajes femeninos no ocupan en general ninguna relevancia especial en los evangelios.
Sin embargo y por lo que se refiere a la actitud de Pablo de Tarso, más en línea con las “enseñanzas” bíblicas respecto a esta misma cuestión, puede comprobarse que fue absolutamente vergonzosa, considerando a la mujer como una esclava que debía mantenerse sumisa al servicio del varón. Este punto de vista fue una incorporación a la doctrina cristiana del machismo social imperante en aquellas “civilizaciones”, pero representó un vergonzoso retroceso respecto a la doctrina y a la práctica de Jesús. Escribe Pablo de Tarso en este sentido:
- “el varón no debe cubrirse la cabeza, porque es imagen y reflejo de la gloria de Dios. Pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por eso […] debe llevar la mujer sobre su cabeza una señal de sujeción” ( ).
-“toda mujer que ora o habla en nombre de Dios con la cabeza descubierta, deshonra al marido, que es su cabeza” ( ).
Abundando en esta misma perspectiva, no simplemente machista sino incluso de desprecio a la mujer, Pablo de Tarso llega a defender igualmente la sumisión de la mujer al marido, prohibiéndole incluso su intervención en las asambleas:
-“La mujer aprenda en silencio con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que ha de estar en silencio. Pues primero fue formado Adán, y después Eva. Y no fue Adán el que se dejó engañar, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión” ( ).
-“…que las mujeres guarden silencio en las reuniones; no les está, pues, permitido hablar, sino que deben mostrarse recatadas, como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en la asamblea” ( ).
Por cierto, la actitud de la jerarquía católica respecto a la mujer, aunque ha ido evolucionando hasta cierto punto a lo largo de los siglos, no ha estado a la vanguardia de estos cambios hacia la igualdad de derechos sino que simplemente los ha ido aceptando, aunque sólo parcialmente y a regañadientes, hasta el punto de que en la actualidad sigue manteniendo planteamientos retrógrados como los que hacen referencia a la prohibición de que la mujer pueda ser ordenada como sacerdotisa o para otros cargos clericales de cierta importancia, y manteniendo en general puntos de vista machistas, aunque actuando astutamente a fin de poder presentar sus doctrinas desde una perspectiva contraria, según la oportunidad del momento, recurriendo para ello a la exaltación de la figura de María, “la madre de Dios”, de la que curiosa y sospechosamente se habla muy poco en los evangelios, y nada en absoluto en el resto de escritos del Nuevo Testamento: Ni en los Hechos de los apóstoles, ni en las cartas de Pablo de Tarso, ni en el Apocalipsis.
c) Respecto al carácter particular o universal de la “buena nueva” las diferencias entre el punto de vista de Jesús y Pablo de Tarso –y de la posterior jerarquía católica- son igualmente evidentes:
1) Jesús presenta su predicación como una exhortación al pueblo de Israel para que cumpla en espíritu las enseñanzas de los profetas, y, por ello, su mensaje tiene un carácter particular, ligado a su propio pueblo y no extendido a la humanidad en general. Es bastante significativo a este respecto el pasaje en el que Jesús atiende a una mujer cananea que le pide ayuda, pasaje en el que, aunque finalmente Jesús se interesa por ella, las primera palabras que le dirige no son especialmente acogedoras y muestran cómo la labor religiosa de Jesús se relacionaba prioritariamente –o exclusivamente- con su pueblo, con el pueblo judío:
“-No está bien tomar el pan de los hijos para echárselo a los cachorrillos” ( ),
frase en la que los hijos simbolizan al pueblo de Israel, mientras que los cachorrillos simbolizan a los demás pueblos.
2) Finalmente frente al particularismo de las enseñanzas de Jesús, referidas en general al pueblo de Israel, Pablo de Tarso defiende con gran visión de futuro su carácter universal –“católico”-, lo cual evidentemente ha sido mucho más eficaz para la expansión del inmenso negocio que significó y significa en estos momentos la “Multinacional Católica”.
Si alguien se pregunta por qué se produjo esta asombrosa contradicción entre la actitud de Jesús y la de Pablo de Tarso, la respuesta es evidente: Si el Cristianismo debía construirse como una organización económicamente rentable, como lo ha sido y lo sigue siendo, eso no podía lograrse mediante la condena de los ricos, tal como la había expresado Jesús, sino mediante la alianza con ellos, de forma que mientras Jesús había condenado la codicia y la obsesión de los ricos por el dinero, Pablo de Tarso comprendió que le interesaba contar con su apoyo y, en consecuencia, defendió sin escrúpulos que los ricos disfrutasen de sus riquezas y que los esclavos siguieran siendo esclavos, de forma que no se les ocurriese rebelarse contra “sus amos” terrenales. De ese modo conseguía que los ricos y poderosos aceptasen la nueva religión y le diesen su progresivo apoyo hasta convertirse en la religión oficial del imperio. Igualmente resulta evidente que los planteamientos de Pablo respecto a la mujer y respecto al carácter universal de las enseñanzas y del mensaje de salvación de Jesús iban a ser mucho más rentables si, en lugar de mantenerlos en el ámbito del pueblo de Israel, se los consideraba extensibles al ámbito de los “gentiles”, es decir, de la humanidad en general. Con este punto de vista, Pablo de Tarso presentaba el Cristianismo ante los poderes políticos y sociales de su época como una religión perfectamente compatible con las costumbres y tradiciones reinantes y, por ello, nada revolucionaria en comparación con las duras palabras de Jesús. Y ciertamente ésa ha sido la actitud que la jerarquía cristiana en general y la católica en particular han tenido a lo largo de los siglos, ganándose de ese modo la alianza y el favor de las clases poderosas, tanto del imperio romano como del feudalismo medieval y como del capitalismo moderno, con quienes tanto poder político, riquezas e influencia social han logrado.
Además de estas diferencias abismales entre la doctrina de Jesús y la de Pablo de Tarso, a pesar de que la jerarquía católica pretenda que existe una línea de continuidad y de simple desarrollo de las doctrinas del “Mesías”, hay que llamar la atención sobre el hecho absurdo de que, si Jesús, como supuesto “Hijo de Dios”, hubiera querido proporcionar algún mensaje, lo habría hecho de forma completa para toda la humanidad en el tiempo en que vivió, en lugar de haber dejado que fuera la jerarquía católica la que se encargase de tal misión, descubriendo nuevos mensajes a lo largo de casi ya dos mil años, en los que el grupo dirigente católico ha ido estableciendo diversos dogmas como el de la propia infalibilidad del Papa, y todo lo que este dogma implica respecto a las declaraciones de los diversos papas en materia de fe y costumbres, declaraciones con las que la jerarquía católica estaría convirtiéndose en esclava de sus palabras, a pesar de que… ni eso, pues en diversas ocasiones las declaraciones de un papa se contradicen con las del siguiente y se quedan tan frescos porque la humanidad es así: Existe un grupo social con una capacidad mental muy peculiar a la hora de asumir como verdaderas las contradicciones y los absurdos más extraños que puedan imaginarse. La jerarquía católica no sólo lo sabe sino que lo fomenta de un modo especial mediante su constante actividad delictiva de “adoctrinamiento” contra la infancia, y, por este motivo, no tiene ningún inconveniente en contradecirse continuamente según cuales sean sus intereses de cada momento.

lunes, 8 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XXIII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
23. La contradicción según la cual, a pesar de que todos seríamos iguales ante Dios si existiera, sin embargo en el Antiguo Testamento y en las cartas de Pablo de Tarso y en la actitud de la jerarquía católica en diversos momentos de la historia se acepta la esclavitud como una institución perfectamente natural.
En efecto, a pesar de que Jesús habría defendido la igualdad de los hombres, en el Génesis, primer libro de la Biblia, se habla de la esclavitud como una institución social perfectamente natural hasta el punto de que en él se cuenta que Sara, la mujer de Abraham, no pudiendo tener hijos, le propuso a Abraham que se acostase con su esclava Agar para así darle descendencia:
“Saray, la mujer de Abrán, no le había dado hijos; pero tenía una esclava egipcia, llamada Agar. Y saray dijo a Abrán:
-Mira, el Señor me ha hecho estéril; así que acuéstate con mi esclava, a ver si por medio de ella puedo tener hijos.
A Abrán le pareció bien la propuesta […] Saray tomó a Agar, su esclava egipcia, y se la dio por mujer a su marido Abrán. Él se acostó con Agar, y ella concibió, pero cuando se vio encinta, empezó a mirar con desprecio a su señora” ( ).
En otros lugares de la Biblia (Levítico, Deuteronomio…) se sigue hablando de la esclavitud como una institución perfectamente más natural.
Teniendo es cuenta estos precedentes –y a pesar de que en Jesús no aparece nada que indique su apoyo a esta institución opresora-, resulta comprensible hasta cierto punto, por escandaloso que pueda parecer, que Pablo de Tarso (“San Pablo”, para sus secuaces), el inventor más decisivo de la organización cristiana, en línea con su defensa de los ricos, defendiera la esclavitud de un modo descarado.
Cualquiera que tenga interés en comprobarlo puede leer sus cartas aquí citadas, en las que se hace una descarada defensa de la esclavitud como una institución derivada de la voluntad de Dios y una exhortación a los esclavos para que cumplan con devoción y humildad las órdenes de sus señores en cuanto representaban al propio Dios. Por cierto la existencia en la Biblia de doctrinas como ésta, que con el paso del tiempo fue haciéndose impopular, es uno de los muchos motivos que pudieron contribuir a que la jerarquía vaticana la incluyese en el famoso “Índice” de libros prohibidos. Pero, en cuanto las palabras de Pablo de Tarso se encuentran incluidas en dicho libro, ¡inspirado por el Espíritu Santo según la jerarquía católica!, en tal caso nos encontramos con la defensa simultánea pero contradictoria de dos doctrinas: La de la fraternidad entre los seres humanos y la de que es voluntad de Dios que unos estén esclavizados y sometidos a la voluntad de los otros.
En efecto, por lo que se refiere a esta defensa inequívoca de la esclavitud puede comprobarse mediante las siguientes referencias a algunas de las cartas del “apóstol de los gentiles”:
a) “¿Eras esclavo cuando fuiste llamado? No te preocupes. E incluso, aunque pudieras hacerte libre, harías bien en aprovechar tu condición de esclavo […] Que cada cual, hermanos, continúe ante Dios en el estado que tenía al ser llamado” ( ).
En este pasaje Pablo de Tarso plantea la posibilidad de optar o no por la libertad al incorporarse uno a la organización cristiana, pero considera mejor “que cada cual […] continúe ante Dios en el estado que tenía al ser llamado”, lo cual no sólo representa evidentemente una actitud de transigencia y de freno ante cualquier intento de rebelión contra una institución tan injusta y contraria a los principios de Jesús, sino un auténtico apoyo a dicha institución, lo cual llevaba implícito un mensaje a las clases poderosas en el sentido de que el cristianismo no iba a representar un movimiento revolucionario contra ellos sino una fuerza mediante la cual se podría controlar mejor a esos esclavos en cuanto pudieran representar un peligro potencial.
b) “Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara. No con una sencillez aparente que busca sólo el agrado a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios” ( ).
En este segundo pasaje Pablo declara de forma ya totalmente clara y explícita que hay que tratar a los señores “como si de Cristo se tratara”, y que deben comportarse “como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios”. Es decir, la esclavitud aparece ya como una institución sagrada establecida por la “voluntad de Dios”, institución a la que los esclavos deben someterse “con profundo respeto y con sencillez de corazón”.
c) “Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de la tierra; no con una sujeción aparente, que sólo busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, como quien honra al Señor” ( ).
Este tercer pasaje representa una confirmación del valor de las palabras del anterior y en él se exhorta a los esclavos a obedecer en todo a vuestros amos de la tierra.
d) “Todos los que están bajo el yugo de la esclavitud, consideren que sus propios amos son dignos de todo respeto […] Los que tengan amos creyentes, no les falten la debida consideración con el pretexto de que son hermanos en la fe; al contrario, sírvanles mejor, puesto que son creyentes, amados de Dios, los que reciben sus servicios” ( ).
Finalmente en este último pasaje la novedad consiste en que ya no sólo se habla de cristianos esclavos de señores no cristianos, sino de cristianos esclavos de otros cristianos, de forma que no sólo se defiende la idea de que el esclavo debe conformarse con su estado y obedecer a su señor sino también la idea de que el cristiano, aunque sea señor y dueño de esclavos, puede tener la conciencia bien tranquila a pesar de que se encuentre en posesión de seres humanos considerados como objetos de su propiedad, pues en eso consiste la esclavitud.
Hay que señalar, por otra parte, que las ideas de Pablo de Tarso no eran una innovación absoluta en la ideología cristiana sino que se correspondían, si no con el mensaje de Jesús, sí con algunas otras doctrinas del Antiguo Testamento, cuando, por ejemplo, en Levítico se dice:
“Los siervos y las siervas que tengas, serán de las naciones que os rodean; de ellos podréis adquirir siervos y siervas. También podréis comprarlos entre los hijos de los huéspedes que residen en medio de vosotros, y de sus familias que viven entre vosotros, es decir, de los nacidos en vuestra tierra. Esos pueden ser vuestra propiedad, y los dejaréis en herencia a vuestros hijos después de vosotros como propiedad perpetua. A éstos los podréis tener como siervos; pero si se trata de vuestros hermanos, los israelitas, tú, como entre hermanos, no le mandarás con tiranía” ( ).
Además, a lo largo de los siglos, aunque la jerarquía católica a llegado a evolucionar hacia una condena teórica de la esclavitud, lo ha hecho siempre con posterioridad a que la propia sociedad civil lo hiciera y siempre amoldándose a las circunstancias del momento, hasta el punto de que, en la propia Alemania de Hitler, la jerarquía católica tuvo alrededor de 7.000 “trabajadores forzosos”, es decir “esclavos”, aunque nombrados con un eufemismo hipócrita. Algunos de ellos -alrededor de 600- han sido indemnizados por el Vaticano con poco más de 2.500 euros en el año 2.000, es decir, una miseria, recibida después de más de 50 años de haber finalizado la guerra contra el nazismo y sólo cuando la jerarquía católica no ha tenido otro remedio que reconocer su repugnante colaboracionismo con el nazismo.

domingo, 7 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XVII)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
17. La contradicción según la cual la infinita bondad divina habría determinado que María naciera sin pecado y que después de su muerte fuera llevada al cielo en cuerpo y alma, pero no fue lo “suficientemente infinita” como para que esas mismas gracias alcanzasen al resto de los mortales.
En efecto, por lo que se refiere al “dogma de la inmaculada concepción”, después de casi 19 siglos de cristianismo, en el año 1854 el “papa Pío IX”, jefe supremo de la jerarquía católica, “se enteró” y en consecuencia declaró como dogma de fe la doctrina según la cual María, madre de Jesús, nació sin “pecado original”, pecado con el que, según la jerarquía católica, nace el resto de la humanidad. Y, por lo que se refiere al dogma de la “asunción de María” al cielo en cuerpo y alma, se trata de una doctrina todavía más reciente que la anterior, pues sólo desde el año 1950 la jerarquía católica ha llegado a enterarse –no sabemos cómo- de este “dogma”, según proclamó el jefe de la jerarquía católica, Eugenio Pacelli –alias Pío XII- en ese año.
En cuanto ambos dogmas son rechazables por idénticos motivos, se critica a continuación el “dogma de la inmaculada concepción” para añadir al final un breve comentario respecto al “dogma de la asunción”.
CRÍTICA: En relación con el dogma de la “inmaculada concepción” hay que decir que se trata de una doctrina ingenuamente absurda, pues, si nacer con dicho pecado es un mal, si el amor de Dios a toda la humanidad es infinito y si su omnipotencia le permitió conceder a María nacer sin pecado, esa misma omnipotencia y amor infinito debieran haberle bastado para conceder la misma gracia a toda la humanidad, en lugar de sacrificar en la cruz a su hijo hecho hombre, como si Dios-padre no hubiese podido conceder su perdón sin necesidad de sacrificio alguno.
¿Tiene sentido considerar que Dios amaba a su madre de un modo “más infinito” que al resto de la humanidad, de forma que sólo a ella quiso y pudo concederle la “gracia” tan especial de nacer sin pecado? Pero, si la concesión de tal “gracia” era consecuencia del amor infinito de Dios a María, madre de su hijo, y si el amor de Dios a los hombres era también infinito, entonces, si pudo librar a la María de nacer en pecado, ¿tiene sentido considerar que el poder y el amor de dicho Dios no hubiese podido extenderse hasta el conjunto de la humanidad, permitiendo que, al igual que María, todos nacieran sin pecado? ¿Tiene sentido la simple idea de que pueda haber un infinito mayor que otro por lo que se refiere al grado del supuesto amor divino hacia la humanidad? Conviene tener en cuenta además que ese dogma, ¡declarado hace menos de 200 años!, convierte todavía en más absurda la doctrina de “la Redención”, según la cual Dios tuvo que hacerse hombre, padecer y morir en una cruz para conseguir el perdón a la humanidad de aquel supuesto “pecado original” con el que, en cualquier caso, nada tuvimos que ver.
Por ello y ante esta incoherente doctrina o ante el absurdo de que Dios sólo tuviese poder para efectuar una única excepción respecto a la herencia de tal pecado, surge la pregunta de por qué durante casi 2.000 años de existencia del Cristianismo a nadie se le ocurrió la idea de considerar que María naciera con tal gracia especial y ni siquiera al propio Dios católico se le ocurrió comunicar una noticia tan interesante.
Como ya se ha indicado en un capítulo anterior, la existencia de toda una serie de “dogmas” que el jefe de turno de la jerarquía católica va promulgando cada cierto tiempo es sólo una muestra del interés de esta jerarquía por seguir manipulando sus doctrinas según lo considere conveniente para sus intereses, pues resulta incomprensible que, en el supuesto de que Dios existiera y hubiera juzgado conveniente enviar algún mensaje especial a la humanidad, no lo hubiese enviado cuando su supuesto hijo vino al mundo sino que vaya enviándolo a cuentagotas, de manera que la humanidad existente en los primeros siglos del Cristianismo no se habría enterado de que María nació sin pecado original ni de que fue llevada al Cielo en cuerpo y alma, y sólo quienes han vivido a partir de la segunda mitad del siglo XX se han podido enterar de éste último dogma.
Por otra parte, de nuevo el antropomorfismo se presenta aquí como una de las causas de estas doctrinas, un antropomorfismo que presenta a Dios como un déspota que exige sacrificios para poder perdonar, que caprichosamente perdona a una mujer y que sólo perdona al resto de sus súbditos desde el previo cumplimiento del sacrificio de un hombre especial, un hombre que a la vez tuvo que ser hijo de Dios, pues ¡la misericordia divina infinita era insuficiente para perdonar directamente a la humanidad!, ni bastaba el sacrificio de un hombre cualquiera, pues el valor del hombre era tan insignificante que era necesario un sacrificio especial, el sacrificio del “Hijo de Dios”, cuyo valor sí era infinito en cuanto también era Dios. Pero, claro, esta perspectiva se basa en la contradicción de afirmar la teórica infinita misericordia divina para luego olvidarla cuando debía haber quedado de manifiesto mediante el perdón incondicionado de aquel supuesto pecado.
Otra causa importante de este dogma puede haber consistido en la necesidad sentida por la jerarquía de esta organización de introducir algún elemento seductor en sus doctrinas, como la de la casi deificación de una mujer, ¡“la madre de Dios”!, que bajo distintas advocaciones ha conseguido inspirar tal devoción en los últimos siglos que ha dado lugar a la construcción de diversos santuarios y centros de peregrinación en diversas regiones del planeta (Lourdes, Fátima, Guadalupe, Zaragoza…) para la obtención de milagros y gracias especiales en cuanto la jerarquía católica la presenta como “madre intercesora” que concede a sus fieles aquellas peticiones y milagros para los que, al parecer, la infinita misericordia divina sería contradictoriamente insuficiente e inflexible. Curiosamente esa generosidad milagrera de “la madre de Dios” se daría en esas regiones del “primer mundo”, como Francia, Italia y Portugal, pero no en los lugares que más lo necesitarían, como en África, donde el hambre, la enfermedad y la miseria son tales que sus habitantes no sólo no tienen medios para ir a Lourdes a pedir algún milagro sino que ni siquiera lo tienen para obtener el alimento de cada día. Así que en este punto la arrogancia mema de quienes cada año acuden a Lourdes es realmente inefable al considerar que “la madre de Dios”, si existiera, iba a estar más pendiente de los problemas de quienes asistieran a Lourdes o a Fátima que de los que cada día mueren en medio de la más absoluta miseria y, evidentemente, si no tienen medios para subsistir cada día, tampoco disponen de ellos para acudir a dichos centros de negocio milagrero.
De acuerdo con la mentalidad ignorante de quienes acuden a Lourdes a esperar un milagro, podría pensarse que la causa de que la miseria de África no desaparezca se relaciona con la falta de unos cuantos lugares estratégicos en los que la gente pudiera ir a implorar un milagro a la “Virgen”, y no con la falta real de alimentos y de medios adecuados para salir de la miseria. Así, si todo ese montaje teatral sirviera para otros milagros distintos a los del propio enriquecimiento de la jerarquía católica y a los del enriquecimiento de los boyantes comercios, hoteles y restaurantes de estos lugares, si la acción milagrosa de María no pudiera ejercerse más que por medio de santuarios tipo Lourdes, la jerarquía católica, que tanto se preocupa de toda la liturgia teatral de Lourdes o de Fátima, haría bien en preocuparse por construir los correspondientes santuarios a María en aquellos lugares habitados por quienes se encuentran en la más absoluta miseria a fin de que éstos pudieran acercarse a ellos para pedir y obtener de ella la solución de sus problemas, pues no parece especialmente justo ni misericordioso que “la madre de Dios” sólo se acuerde de los ricos del “primer mundo” y se olvide de quienes cada día sufren y mueren en medio de la miseria más absoluta.
Pero lo más probable es que María no sea responsable de nada de lo que pasa ni de lo que deja de pasar. Lo más probable es que, si la jerarquía católica no construye santuarios milagreros en esos lugares de África, es precisamente porque, al encontrarse una gran parte de ese continente en la más absoluta indigencia, sabe que, además de que el cuento de los milagros es sólo eso, un cuento, su inversión económica en tales lugares no le iba a resultar precisamente rentable, pues esos pueblos que mueren de hambre difícilmente iban a tener dinero para gastarlo en la construcción de santuarios y en las consiguientes limosnas a la jerarquía católica. Así que –diría la jerarquía católica- “¡quien quiera milagros, que los pague!”.
En segundo lugar y en relación con el dogma de la “asunción de María”, hay que decir que implica igualmente una contradicción por lo que se refiere al amor infinito de Dios al conjunto de la humanidad, pues, si la concesión de tal gracia a María era mejor que su resurrección futura –como dicen que nos sucederá al resto de los mortales-, en tal caso es incompatible con el amor infinito de Dios que no concediera esa gracia al resto de los humanos, ya que un amor infinito no admite grados y, por ello, sería absurdo considerar que el amor infinito de Dios a María era más infinito que su amor al resto de los mortales y que por eso le concedió una gracia que no quiso concedernos a nosotros.
Es incomprensible, por otra parte, que una doctrina tan extraordinaria como ésta haya permanecido desconocida para el conjunto de cristianos que vivieron y murieron antes del año 1950, año en el que el señor Pacelli la presentó a sus fieles, de manera que sólo nosotros, quienes estamos viviendo después de ese año, hemos tenido el privilegio de conocerla para nuestra alegría y tranquilidad espiritual. Y resulta ciertamente sospechoso de simple oportunismo táctico que hayan tenido que pasar más de 1900 años de cristianismo para que el Espíritu Santo se decidiera a comunicar a la jerarquía católica -y, a través de ella, a los demás creyentes- una doctrina de tal calibre.

viernes, 5 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XXV)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
25. La contradicción por la cual la jerarquía católica, a la vez que dice defender el respeto a todas las personas, adoctrina –es decir, pervierte - las mentes de los niños, dañando su inteligencia y arrastrándoles a un absurdo fideísmo irracional.
La exaltación del valor de la fe por la jerarquía católica, -a la que se ha hecho referencia en capítulos anteriores-, tiene su complemento en la del desprecio a la razón a lo largo de toda la historia de esta organización. La aceptación y la valoración de la fe ciega, por encima de cualquier intento de comprensión de los contenidos doctrinales de esta organización, es una constante a lo largo de la historia del cristianismo desde sus comienzos, tanto en el personaje de Jesús en los evangelios, como también en los de Pablo de Tarso, Tertuliano, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Martín Lutero, José María Escrivá, fundador del Opus Dei, y el “Papa” Juan Pablo II -por nombrar sólo a unos pocos-. Ya en otros capítulos de esta obra se han citado diversos pasajes de los evangelios y de las cartas de Pablo de Tarso en donde se defiende de modo indiscutible la importancia de la fe como condición absolutamente necesaria para la salvación. Por lo que se refiere a Tertuliano (s. II-III) es famosa su tesis fideísta resumida en la frase “credo quia absurdum”: “Creo, puesto que es absurdo”, frase absolutamente despectiva contra la razón pero que desde los planteamientos fideístas de aquel fanático tenía su “lógica especial”, ya que, efectivamente, creer en aquello que se conoce como verdad no parece que tenga “mérito” alguno, aunque creer en la verdad de algo por el hecho de que sea absurdo no parece que deba considerarse más meritorio que lo anterior en cuanto consiste en una disposición propicia a dejarse adoctrinar y engañar por toda clase de absurdos con las que a uno le quieran corroer el cerebro. Agustín de Hipona (s. IV-V) concedió cierta importancia a la razón pero, en cualquier caso y siguiendo la tradición de los jerarcas del cristianismo, siempre la subordinó a la fe. Una actitud similar fue la defendida por Tomás de Aquino (s. XIII), quien indicó que la fe era el criterio de verdad en aquellas situación en que pareciese haber un conflicto entre ella y la razón, de manera que, en el caso en que se diera tal situación, la solución era muy sencilla: Era evidente que la razón se había extraviado en sus conclusiones, pues la fe era una iluminación divina que tenía un carácter infalible. Por su parte, Martín Lutero (s. XVI), desde la disidencia de su cristianismo reformado, defendió una actitud de absoluto rechazo a la razón y en favor de la fe, considerando que “la razón es la mayor enemiga de la fe. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a su razón”. Por su parte, el señor José María Escrivá de Balaguer (s. XX), fundador del Opus Dei, siguió defendiendo esa absurda tradición de desprecio a la razón, afirmando no sólo la supremacía de la fe sobre la razón sino además, exhortando a abandonar “el espíritu crítico” a la hora de atender los sermones de la jerarquía católica: “es mala disposición oír la palabra de Dios con espíritu crítico” ( ). Finalmente, el señor Wojtyla, “papa Juan Pablo II”, volvió a defender una doctrina idéntica a la de Tomás de Aquino en el siglo III, criticando la labor de la Filosofía de la Ilustración por haber defendido el valor de la razón como vehículo para dirigir nuestra vida.
Esta insistencia de la jerarquía católica en el valor de la fe tiene su proyección especial en el adoctrinamiento que la jerarquía católica ejerce sobre la infancia, periodo de la vida en el que les resulta incomparablemente más sencillo moldear las mentes infantiles para que crean todo lo que les quieran enseñar.
CRÍTICA: Tal exaltación del valor de la fe junto con la renuncia a adoptar un “espíritu crítico” a la hora de escuchar los “mensajes religiosos” van unidos con el proselitismo y el adoctrinamiento sin escrúpulos contra la infancia practicado por la jerarquía católica, abusando del derecho a la libertad de expresión, en cuanto una cosa es explicar la solución de un problema y otra muy distinta realizar un lavado de cerebro a los niños para que acepten de manera irracional interpretaciones absurdas acerca de la realidad. Pues, si resulta inadmisible que la jerarquía católica pretenda imponer a los adultos la absurda idea de que deben tener fe en sus doctrinas, sin más razón que la de la propia fe, resulta ya incalificable, como no sea de otro modo que como pederastia mental, la actitud por la cual violan y pervierten las mentes de los niños, coaccionándoles a aceptar como verdad toda una serie de doctrinas que muy difícilmente aceptarían si, en lugar de niños inocentes, receptivos y confiados, fueran adultos con una inteligencia y una cultura sencillamente normales.

La jerarquía católica realiza impunemente tal adoctrinamiento, tanto en las iglesias como en los colegios, desde la infancia más temprana hasta la finalización de la enseñanza secundaria obligatoria. Como se ha explicado en capítulos anteriores, si la exaltación del valor de la fe es ya por sí misma una actitud contraria a la veracidad, mucho más grave e inadmisible resulta que los jefes de esta organización se consideren con derecho a adoctrinar, es decir, a violar las mentes de los niños, ejerciendo sobre ellos una “pederastia mental”, una violación de su inteligencia, para que crean de modo ciego e dogmático toda la serie de doctrinas que se les ocurra enseñarles. La finalidad aparente de su adoctrinamiento a niños y jóvenes es la de dar a éstos una “formación religiosa” aparentemente conveniente para dirigir su vida de acuerdo con principios y creencias verdaderas que debería conducirles a la salvación de su alma, -siempre que se demuestre que tuvieran un alma que salvar y que tales creencias eran necesarias para conseguir ese fin. Pero la finalidad real, aunque en ocasiones pueda mantenerse oculta, es la de controlar sus mentes en todos los terrenos y especialmente en el de las ideas de carácter religioso y político, con las que de modo directo o indirecto la jerarquía católica consigue su fuerza para chantajear a los diversos gobiernos de quienes consiguen cuantiosos beneficios económicos y privilegios con los que siguen llenando las arcas sin fondo del Vaticano y de sus múltiples palacios a lo largo y ancho de una gran parte del mundo.
El motivo de tal adoctrinamiento no puede ser, efectivamente, el de la salvación del alma de esos niños, pues, suponiendo que Dios existiera, sería una pretensión absurda y llena de soberbia que dicha salvación no se hiciera depender de la supuesta misericordia infinita de ese Dios sino del hecho de que el niño aceptase ciegamente, renunciando a su racionalidad, las enseñanzas y consignas de esa organización.
Si ya antes se ha criticado la fe como una actitud contradictoria con respecto a la veracidad, a esto hay que añadir que el adoctrinamiento ejercido sobre la infancia representa un delito extremadamente grave en cuanto es un crimen de pederastia mental, de violación de las mentes infantiles pues quienes lo practican se aprovechan de la natural inmadurez mental de los niños para tratar de inculcarles de modo irracional toda una serie de prejuicios absurdos acerca de la realidad y, sobre todo, acerca de la falta de valor de su propia razón para orientar y dirigir su vida, tanto en su dimensión teórica como en la social y política.
La actitud de la jerarquía católica no sólo representa un crimen de pederastia o violación mental sino también una forma de fanatismo y de intransigencia con cualquier forma de pensamiento que se oponga a sus doctrinas, intransigencia que ya quedó especialmente de manifiesto con la creación de su “santa Inquisición” en el siglo XIII, encargada de juzgar y condenar a cualquier persona sospechosa de defender doctrinas que, aunque cristianas, se alejasen de su propia interpretación del cristianismo.
En este sentido el señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido recientemente actitudes especialmente fundamentalistas y fanáticas, contrarias a los Derechos Humanos y a la Constitución Española por lo que se refiere al respeto a la libertad de pensamiento, hasta el punto de llegar a insultar a quienes practican la tolerancia y no la intransigencia que él tuvo la estúpida osadía de defender, escribiendo en este sentido:
“la transigencia es señal cierta de no tener la verdad.- Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe” ( ).
Aquí, con un fanatismo majadero, el señor Escrivá de Balaguer, elevado a “sus altares” por la jerarquía católica, se atreve a insultar a quienes son transigentes, a quienes son tolerantes, a quienes respetan la libertad de pensamiento de los demás, aunque no compartan sus ideas, y escribe que su actitud demuestra que son hombres “sin honra”. Este demente llegó a identificar la propia intransigencia con el hecho de estar en posesión de la verdad, a pesar de la multitud incalculable de falsedades que se han defendido con absoluta intransigencia precisamente por falta de auténticas razones para defenderlas. Siendo tan limitada su capacidad de razonar es comprensible que no se le ocurriera pensar que, precisamente por la propia limitación de nuestra capacidad de alcanzar la verdad, la actitud más noble debería consistir en reconocer que todos podemos estar equivocados y que por ello mismo hay que ser tolerantes y respetuosos con las ideas ajenas en las que podría haber tanta o más verdad que en las propias.
Ese fanatismo, esa “santa intransigencia” –como la llama este imbécil- no es nueva, ni mucho menos, en la actitud de la jerarquía católica sino que sólo representa la reafirmación de un talante que la ha caracterizado siempre que ha estado en condiciones propicias para comportarse de acuerdo con el, como sucedió en la España franquista y en los “siglos de oro” de mayor crueldad y opresión inquisitorial contra la libertad de los pueblos de Europa y de Iberoamérica.
Este payaso llegó a defender un ilimitado fanatismo intransigente unido a una hipocresía absoluta, exhortando a actuar sin escrúpulos en contra de derechos humanos tan básicos como el de la libertad de pensamiento hasta el punto de escribir:
-“Sé intransigente en la doctrina y en la conducta. -Pero sé blando en la forma. -Maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada” ( ).
- “La intransigencia no es intransigencia a secas: es "la santa intransigencia". No olvidemos que también hay una "santa coacción"” ( ).
Planteamientos similares al del señor Escrivá de Balaguer son los que determinan la aparición de asociaciones fanáticas como el partido nazi, las juventudes hitlerianas y cualquier otra forma de fundamentalismo, integrismo o fanatismo talibán.
Las tácticas adoctrinadoras de la jerarquía católica, relacionadas con su intransigencia y con su “santa coacción” -que también tiene una larga tradición en esta organización criminal-, resultan contradictorias con su teórico interés por razonar de algún modo sus absurdas doctrinas integristas a fin de conseguir que quienes le escuchan las comprendan y compartan, y no que simplemente las crean ciegamente y las afirmen como verdades, a pesar de desconocer que lo sean.
Por otra parte y en contraposición con estos planteamientos, tiene interés hacer referencia a algunas reflexiones de B. Russell especialmente acertadas acerca del valor de la fe:
“todo tipo de fe hace daño. Podemos definir la “fe” como una firme creencia en algo de lo que no hay evidencia. Donde hay evidencia nadie habla de “fe” […] Ninguna fe puede ser defendida racionalmente, y cada una, por tanto, se defiende con la propaganda y si es necesario con la guerra […] Si controlamos el gobierno, haremos que se enseñe ese algo a las mentes inmaduras de los niños y que se quemen o se prohíban los libros que enseñen lo contrario […] Si piensas que tu creencia está basada en la razón la defenderás con argumentos más que con la persecución, y la abandonarás si los argumentos van en contra suya. Pero si tu creencia se basa en la fe te darás cuenta de que el argumento es inútil y, por tanto, recurrirás a forzarlo, ya sea por medio de la persecución o atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes en lo que se llama “educación” ( ). Esta última es particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras. Por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios de todos los países civilizados” ( ).
Russell acierta en esta crítica de la fe, de los procedimientos utilizados para inculcarla y del hecho de que se trate de inculcarla “atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes” en los centros de enseñanza. Russell utiliza el concepto de “educación” no sólo relacionándolo con las enseñanzas científicas y culturales sino también lo que ahora llamamos “adoctrinamiento”, que es precisamente lo contrario de “educación”. Por ello y en ese sentido tan amplio de “educación”, la considera como algo “particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras”. Y dice finalmente, con razón, que “por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios”.
En estos momentos, parece que la situación ha comenzado a cambiar un poco y que la sociedad ha comenzado a concienciarse de que la religión, tanto la católica como cualquier otra, debe salir de las aulas de “educación” en cuanto precisamente no es educación sino “adoctrinamiento”, es decir, lo más contrario a la educación.
Desde luego es injustificable y “particularmente miserable” –como dice Russell- que se consienta la manipulación de la infancia y de la juventud para adoctrinarlas en toda esa serie de creencias irracionales. Y, por ello, debería desaparecer no sólo de las aulas sino también de las iglesias, al menos hasta que los curas se limitasen a tratar sus doctrinas con personas intelectualmente ya formadas.
La actitud de quienes consideran que los padres tienen derecho a hacer con sus hijos lo que les dé la gana debería ser tan inaceptable en el terreno de la despreocupación por su alimentación material como en el del “adoctrinamiento” religioso. Y, por eso, de acuerdo con el artículo 20.4. de la Constitución Española ( ), el Estado debería idear mecanismos para proteger la formación de la infancia a fin de que las mentes de niños y jóvenes no fueran profanadas por ese atentado tan grave que supone su adoctrinamiento religioso. Por ello mismo y en cuanto este artículo no parece compatible con el 27.3 ( ), éste debería modificarse o suprimirse en la misma medida en que los padres no tienen un derecho absoluto sobre las mentes de sus hijos hasta el punto de adoctrinarles -o de permitir que otros lo hagan por ellos-. El respeto por la libertad y el auténtico amor de padres debería conducirles precisamente a no permitir que nadie impidiese el desarrollo natural de las mentes de sus hijos a fin de que aprendiesen a aceptar como verdad aquello que pudiera demostrarse que lo era, y no como consecuencia de un supuesto deber de acatar las consignas de una supuesta “autoridad”.
Igualmente, del mismo modo que a los padres que se despreocupan de los hijos desde el punto de vista de la alimentación o de los malos tratos físicos se les debería quitar la custodia de sus hijos, con el mismo o con mayor motivo se les debería privar de dicha custodia en cuanto permitieran que sus mentes fueran pervertidas hasta el punto de limitar su capacidad para pensar por sí mismos, como sucede con el adoctrinamiento religioso.
Es evidente que el Estado no debe adoctrinar, pero igualmente debería serlo que tampoco los padres tienen ese derecho sobre los hijos para inducirles a creer doctrinas irracionales mediante un proceso sistemático de sugestión que les llevase a la creencia en la falta de valor de su propia inteligencia.
En consecuencia, debería suprimirse la enseñanza de la religión en los colegios, tanto públicos como privados, y también la enseñanza religiosa a los niños en las iglesias en cuanto no es “formación” sino “deformación” de la mente.

jueves, 4 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XVI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
16. La contradicción según la cual la jerarquía católica exalta la virginidad de María como un mérito especial, en cuanto tal valoración implica la correspondiente valoración negativa de la sexualidad humana, a pesar de que supuestamente ésta haya sido concebida por Dios, de acuerdo con su infinita sabiduría.
La Jerarquía Católica defiende la doctrina según la cual María, habiendo sido madre de Jesús, fue virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”; es decir, que nunca mantuvo relaciones sexuales con su marido José ni con cualquier otro hombre, sino que dio a luz a Jesús, como único hijo, por obra y gracia del “Espíritu Santo”.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina que de nuevo supone una tácita denigración de la sexualidad humana en cuanto supone que el hecho que María hubiese mantenido relaciones sexuales con José la habría hecho menos digna y menos santa, y en cuanto supone igualmente que el hecho de ser “virgen” implicaría un mérito especial frente al hecho de vivir de acuerdo con la satisfacción de sus naturales necesidades sexuales, a pesar de que tal satisfacción habría estado más de acuerdo con su naturaleza humana, ya que la motivación sexual es consustancial a dicha naturaleza.
Esta misma degradación de la sexualidad no sólo se muestra en relación con María, sino de forma general, en los planteamientos de Pablo de Tarso cuando escribió:
“A los solteros y a las viudas les digo que es bueno que permanezcan como yo. Pero si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que abrasarse” ( ).
Utilizando tal criterio de pureza –tan alejado de lo natural-, la jerarquía católica igualmente hubiera podido exaltar una mayor pureza de María afirmando que nunca comió ni bebió ni meó ni defecó a lo largo de toda su vida. Pero del mismo modo que el comer, el beber, el mear o el defecar no tienen nada que ver con el etéreo concepto de “pureza”, por lo mismo tampoco lo tiene la hermosa y natural acción de follar libremente, dando satisfacción a la necesidad sexual que supuestamente el propio Dios habría implantado en el ser humano, necesidad gracias a la cual la humanidad cumple además con mayor fervor y júbilo el mandato bíblico “creced y multiplicaos”.
En cualquier caso, esta doctrina de la “virginidad” de María es absurda y contradictoria además con la defensa que en otras ocasiones realiza la jerarquía católica de lo natural, “lo que está de acuerdo con la naturaleza”, y es también una forma de antropomorfismo en cuanto considera que, para que Jesús pudiera ser considerado como hijo de Dios, no podía ser hijo de un padre y de una madre humanos, lo cual, por otra parte, no fue una doctrina exclusiva de la jerarquía católica sino propia también de otras religiones de aquellos oscuros tiempos en que diversos dioses también nacieron de una “virgen”.
Por otra parte, quienes escribieron los evangelios no tuvieron el menor reparo en contradecirse cuando, al tratar de demostrar la filiación divina de Jesús, se remontaron en su genealogía siguiendo la línea paterna, es decir, aceptando que José fue el auténtico padre de Jesús, hasta llegar a Dios, lo cual implicaba una visión natural nada negativa de las relaciones sexuales entre María y José, es decir, de la sexualidad en general. Pero, si con el fin de lograr que el linaje de Jesús fuera exclusivamente divino y no un híbrido se llegó a considerar que el padre humano sobraba, en tal caso habrían podido darse cuenta de que tampoco era necesaria la figura de una madre humana, y de que Dios mismo, creador del hombre, hubiera podido encarnarse directamente en un ser humano venido directamente desde el Cielo a la Tierra y habiendo nacido directamente de Dios Padre, al igual que Atenea había nacido de la cabeza de Zeus. Sin embargo, parece que la mentalidad de aquella época no alcanzó a imaginar esta posibilidad y por ello se consideró que Dios, para hacerse humano, debía nacer de una mujer, pero “virgen”. Parece, pues, que la interpretación que defendió la divinidad de Jesús, considerando que era hijo de una “virgen” y del propio Dios, no se relacionaba con una valoración negativa de la sexualidad sino con el deseo de presentar a esa “virgen” como ligada exclusivamente con la divinidad y no con ningún ser humano.
Además, los Evangelios aceptados por la jerarquía católica contradicen el dogma de la virginidad de María cuando afirman abiertamente que Jesús tuvo varios hermanos, tal como puede verse en diversos pasajes como los siguientes:
“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llaman su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas entre nosotros?” ( )
Más adelante en este mismo evangelio se dice:
“Entonces se presentaron su madre y sus hermanos… Entonces le pasaron el aviso:
-Tu madre y tus hermanos están ahí y quieren verte.
Él les respondió:
-Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” ( ).
Igualmente en el evangelio de Juan se dice:
-“Después, Jesús bajó a Cafarnaúm, acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos, y se quedaron allí unos cuantos días” ( );
-“cuando ya estaba cerca de fiesta judía de las tiendas, sus hermanos le dijeron…” ( );
-“Sus hermanos hablaban así porque ni siquiera ellos creían en él” ( );
-“más tarde, cuando sus hermanos se habían marchado ya a la fiesta, fue también Jesús, pero de incógnito…” ( ).
Conviene señalar que en casi todos estos pasajes a la vez que se habla de los hermanos de Jesús se habla de su madre, lo cual es muy significativo a favor de la tesis que interpreta que el término que hace referencia a “hermanos o parientes”, en este caso se refiere de forma clara a hermanos en sentido estricto, siempre en compañía de la madre.
Por su parte en el evangelio erróneamente atribuido a Lucas se escribe:
“Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito” ( );
es decir, se habla del hijo “primogénito” de María, lo cual sólo tiene sentido en cuanto presuponga la idea de que Jesús tuvo otros hermanos menores que él. Este detalle tiene su importancia como nueva réplica contra quienes pretenden que la palabra que aparece en otros textos traducida como “hermano” podría significar y haber sido utilizada simplemente como equivalente a “pariente” y no estrictamente como “hermano”, que es el significado claro con que se la utiliza.
En definitiva, el dogma de la virginidad de María no tiene nada que ver con la mentalidad ni con la intención de quienes escribieron los evangelios, supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, y, como en tantas otras ocasiones, se observa cómo la jerarquía católica ha realizado sus propias contribuciones particulares, no teniendo escrúpulos a la hora de corregir en ocasiones y de contradecir en otras los textos supuestamente inspirados por el Espíritu Santo, según cuáles fueran sus intereses en los diversos momentos de la Historia.

martes, 2 de diciembre de 2008

CONTRADICCIONES FUNDAMENTALES
DE
LA IGLESIA CATÓLICA
(XXVI)

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía

26. La contradicción por la cual la jerarquía católica, a la vez que dice defender el respeto a todas las personas, adoctrina –es decir, pervierte - las mentes infantiles, conduciéndolas a la corrupción de su inteligencia y a un absurdo fideísmo irracional.
La exaltación del valor de la fe por la jerarquía católica, -a la que se ha hecho referencia en capítulos anteriores-, tiene su complemento en la del desprecio a la razón a lo largo de toda la historia de esta organización. La aceptación y la valoración de la fe ciega, por encima de cualquier intento de comprensión de los contenidos doctrinales de esta organización, es una constante a lo largo de la historia del cristianismo desde sus comienzos, tanto en el personaje de Jesús en los evangelios, como también en el de Pablo de Tarso, Tertuliano, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Martín Lutero, José María Escrivá, fundador del Opus Dei, y el “Papa” Juan Pablo II. Ya en otros capítulos de esta obra se han citado diversos pasajes de los evangelios y de las cartas de Pablo de Tarso en donde se defiende de modo indiscutible la importancia de la fe como condición absolutamente necesaria para la salvación. Por lo que se refiere a Tertuliano (s. II-III) es famosa su tesis fideísta resumida en la frase “credo quia absurdum”: “Creo, puesto que es absurdo”, frase absolutamente despectiva contra la razón pero que desde los planteamientos fideístas tiene su “lógica especial”, pues efectivamente, creer en aquello que se conoce como verdad no parece que tenga “mérito” alguno –aunque creer en la verdad de algo por el hecho de que sea absurdo no parece que deba considerarse más meritorio-, en cuanto consiste en una disposición propicia a dejarse adoctrinar y engañar por toda clase de absurdos con las que a uno le quieran corroer el cerebro. Agustín de Hipona (s. IV-V) concedió cierta importancia a la razón pero, en cualquier caso y siguiendo la tradición de los jerarcas del cristianismo, siempre la subordinó a la fe. Una actitud similar fue la defendida por Tomás de Aquino (s. XIII), quien indicó que la fe era el criterio de verdad, de manera que, si entre la fe y la razón se presentaba cualquier contradicción, eso era un motivo evidente para considerar que la razón se había extraviado en sus conclusiones, pues la fe era una iluminación divina que tenía un carácter infalible. Por su parte, Martín Lutero (s. XVI) defendió una actitud de absoluto rechazo a la razón y en favor de la fe, considerando que “la razón es la mayor enemiga de la fe. Quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a su razón”. Finalmente, el señor José María Escrivá de Balaguer (s. XX), fundador del Opus Dei, siguió defendiendo esa absurda tradición de desprecio a la razón, afirmando no sólo la supremacía de la fe sobre la razón sino además, exhortando a abandonar “el espíritu crítico” a la hora de atender los sermones de la jerarquía católica: “es mala disposición oír la palabra de Dios con espíritu crítico” ( ).
CRÍTICA: Tal exaltación del valor de la fe junto con la de la renuncia a adoptar un “espíritu crítico” a la hora de escuchar los “mensajes religiosos” van unidos, como por otra parte era lógico, con el proselitismo y el adoctrinamiento sin escrúpulos contra la infancia practicado por la jerarquía católica, abusando de su derecho a expresar sus ideas, en cuanto una cosa es explicar la solución de un problema y otra muy distinta realizar un lavado de cerebro a los niños para que acepten de manera irracional interpretaciones absurdas acerca de la realidad. Tal adoctrinamiento lo realizan impunemente tanto en las iglesias como en los colegios, desde la infancia más temprana hasta la finalización de la enseñanza secundaria obligatoria.
Como se ha explicado en capítulos anteriores, si la exaltación del valor de la fe es ya por sí misma una actitud contraria a la veracidad, mucho más grave e inadmisible resulta que la jerarquía católica se considere con derecho a adoctrinar, es decir, a manipular las mentes de los niños, ejerciendo sobre ellas una “pederastia mental”, una violación de su inteligencia, para que crean de modo ciego e dogmático toda la serie de doctrinas que a este grupo mafioso se les ocurra enseñar. La finalidad aparente de su adoctrinamiento a niños y jóvenes es la de dar a éstos una “formación religiosa” aparentemente conveniente para dirigir su vida de acuerdo con principios y creencias verdaderas que les conducirán a la salvación de su alma [?], pero la finalidad real, aunque en ocasiones pueda mantenerse oculta, es la de controlar sus mentes en todos los terrenos y especialmente en el de las ideas de carácter político, con las que de modo directo o indirecto la jerarquía católica consigue su fuerza para chantajear a los diversos gobiernos de quienes consiguen cuantiosos beneficios económicos y privilegios con los que seguir llenando las arcas sin fondo del Vaticano y de sus múltiples palacios a lo largo y ancho de una gran parte del mundo.
El motivo de tal adoctrinamiento no puede ser, efectivamente, el de que la jerarquía católica pretenda conseguir por él la salvación del alma de esos niños, pues, suponiendo que Dios existiera, sería una pretensión absurda y llena de soberbia que dicha salvación no se hiciera depender del propio Dios y de su amor infinito, sino del hecho de que el niño fuese adoctrinado y aceptase ciegamente, renunciando a su racionalidad, las enseñanzas y consignas de esa organización.
Si ya antes se ha criticado la fe como una actitud contradictoria con respecto a la veracidad, a esta perspectiva tan absurda se añade una situación de gravedad extrema desde el punto de vista del respeto a valores humanos tan importantes como los de la infancia y la juventud, en cuanto el adoctrinamiento religioso representa un crimen de pederastia mental, de violación de las mentes infantiles en cuanto quienes lo practican se aprovechan de la natural inmadurez mental de los niños para tratar de inculcarles toda una serie de ideas absurdas acerca de la realidad y, sobre todo, acerca de la falta de valor de su propia razón para orientar y dirigir su vida, tanto en su dimensión teórica como en la social y política.
La actitud de la jerarquía católica no sólo se relaciona con este crimen tan grave de pederastia o violación mental sino también con el del fanatismo y la intransigencia con cualquier forma de pensamiento que se oponga a sus doctrinas, intransigencia que ya quedó especialmente de manifiesto con la creación de la “santa Inquisición”, encargada de juzgar y condenar a cualquier persona sospechosa de defender doctrinas contrarias a las suyas.
En este sentido el señor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ha defendido recientemente actitudes especialmente fundamentalistas y fanáticas, contrarias a los Derechos Humanos y a la Constitución Española por lo que se refiere al respeto a la libertad de pensamiento, hasta el punto de llegar a insultar a quienes practican la tolerancia y no la intransigencia que él tiene la estúpida osadía de defender. Escribe en este sentido:
“la transigencia es señal cierta de no tener la verdad.- Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un... hombre sin ideal, sin honra y sin Fe” ( ).
Aquí, con un fanatismo majadero, el señor Escrivá de Balaguer, elevado a “sus altares” por la jerarquía católica, tiene la osadía de insultar a quienes son transigentes, a quienes son tolerantes, a quienes respetan la libertad de pensamiento de los demás, aunque no compartan sus ideas, y les critica que, con su actitud, demuestran que son hombres “sin honra”. Este demente llegó a identificar la propia intransigencia con el hecho de estar en posesión de la verdad, a pesar de la multitud incalculable de falsedades que se han defendido con absoluta intransigencia precisamente por falta de auténticas razones para defenderlas. Siendo tan limitada su capacidad de razonar es comprensible que no se le ocurriera pensar que, precisamente por la propia limitación de nuestra capacidad de alcanzar la verdad, la actitud más noble debía consistir en reconocer que todos podemos estar equivocados y que por ello mismo hay que ser tolerantes y respetuosos con las ideas ajenas en las que podría haber tanta o más verdad que en las propias.
Ese fanatismo, esa “santa intransigencia” –como la llama este imbécil, fundador del Opus Dei,- no es nueva, ni mucho menos, en la actitud de la jerarquía católica sino que sólo representa la reafirmación de una actitud que la ha caracterizado siempre que ha estado en condiciones propicias para comportarse de acuerdo con ella, como sucedió en la España franquista y en los “siglos de oro” de su mayor crueldad y opresión contra la libertad de los pueblos de Europa y América.
Este señor llega a defender un ilimitado fanatismo intransigente unido a una hipocresía absoluta, exhortando a actuar sin escrúpulos en contra de derechos humanos tan básicos como el de la libertad de pensamiento hasta el punto de escribir:
-“Sé intransigente en la doctrina y en la conducta. -Pero sé blando en la forma. -Maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada” ( ).
- “La intransigencia no es intransigencia a secas: es "la santa intransigencia". No olvidemos que también hay una "santa coacción"” ( ).
Las tácticas adoctrinadoras de la jerarquía católica, relacionadas con la intransigencia y con su “santa coacción” -que también tiene una larga tradición en esta organización criminal-, resultan contradictorias con su teórico interés por razonar de algún modo sus absurdas doctrinas integristas a fin de conseguir que quienes le escuchan las comprendan y compartan y no que simplemente las crean ciegamente y las afirmen como verdades a pesar de desconocer que lo sean.
Planteamientos similares al del señor Escrivá de Balaguer son los que determinan la aparición de agrupaciones fanáticas como las juventudes hitlerianas y toda forma de fundamentalismo, integrismo, fanatismo talibán homicida y suicida al tiempo.
Por otra parte y en contraposición con estos planteamientos, tiene interés hacer referencia a algunas reflexiones de B. Russell especialmente acertadas:
“todo tipo de fe hace daño. Podemos definir la “fe” como una firme creencia en algo de lo que no hay evidencia. Donde hay evidencia nadie habla de “fe” […] Ninguna fe puede ser defendida racionalmente, y cada una, por tanto, se defiende con la propaganda y si es necesario con la guerra […] Si controlamos el gobierno, haremos que se enseñe ese algo a las mentes inmaduras de los niños y que se quemen o se prohíban los libros que enseñen lo contrario […] Si piensas que tu creencia está basada en la razón la defenderás con argumentos más que con la persecución, y la abandonarás si los argumentos van en contra suya. Pero si tu creencia se basa en la fe te darás cuenta de que el argumento es inútil y, por tanto, recurrirás a forzarlo, ya sea por medio de la persecución o atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes en lo que se llama “educación” ( ). Esta última es particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras. Por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios de todos los países civilizados” ( ).
Russell acierta en esta crítica de la fe, de los procedimientos utilizados para inculcarla y del hecho de que se trate de inculcarla “atrofiando y distorsionando las mentes de los jóvenes” en los centros de enseñanza. Él incluye en el concepto de “educación” no sólo las enseñanzas científicas y culturales sino también lo que ahora llamamos “adoctrinamiento”, que es todo lo que queramos menos “educación”. Por ello y en ese sentido de “educación”, la considera como algo “particularmente miserable, ya que se aprovecha de la inocencia de mentes inmaduras”. Y dice finalmente que “por desgracia ésta se practica, en mayor o menor grado, en los colegios”.
En estos momentos, parece que la situación ha comenzado a cambiar y la sociedad ha comenzado a concienciarse de que la religión, tanto la católica como cualquier otra, debe salir de las aulas de “educación” en cuanto precisamente no es educación sino “adoctrinamiento”, es decir, lo más contrario a la educación.
Desde luego es injustificable y “particularmente miserable” –como dice Russell- que se consienta la manipulación de la infancia y de la juventud para adoctrinarlas en toda esa serie de creencias irracionales. Y, por ello, debería desaparecer no sólo de las aulas sino también de las iglesias, al menos hasta que los curas pudieran tratar con personas intelectualmente formadas a la hora de exponerles sus puntos de vista acerca de cualquier cuestión estando, en igualdad de condiciones culturales para que éstas pudieran dialogar, objetar, preguntar y criticar.
La actitud de quienes consideran que los padres tienen derecho a hacer con sus hijos lo que les dé la gana debería ser tan inaceptable en el terreno de la despreocupación por su alimentación material como en el del “adoctrinamiento” religioso. Y, por eso, de acuerdo con el artículo 20.4. de la Constitución Española ( ), el Estado debería idear mecanismos para proteger la formación de la infancia a fin de que las mentes de niños y jóvenes no fueran profanadas por ese atentado tan grave que supone su adoctrinamiento religioso. Por ello mismo y en cuanto este artículo no parece compatible con el 27.3 ( ), éste debería modificarse o suprimirse en la misma medida en que los padres no tienen un derecho absoluto sobre las mentes de sus hijos hasta el punto de adoctrinarles -o de permitir que otros lo hagan por ellos- para que compartan con ellos sus creencias religiosas. El respeto por la libertad y el auténtico amor de padres debería conducir precisamente a no permitir que nadie impida el desarrollo natural de las mentes de sus hijos a fin de que aprendiesen a aceptar como verdad aquello que pudiera demostrarse que lo era, mediante la razón o mediante la experiencia, y no mediante el acatamiento de ninguna supuesta “autoridad” de ningún tipo.
Igualmente, del mismo modo que a los padres que se despreocupan de los hijos desde el punto de vista de la alimentación o de los malos tratos físicos se les debería quitar la custodia de sus hijos, con el mismo o con mayor motivo se les debería privar de dicha custodia en cuanto permitieran que las mentes de sus hijos fueran pervertidas hasta el punto de limitar su capacidad para pensar por sí mismos, como sucede con el adoctrinamiento religioso.
Es evidente que el Estado no debe adoctrinar, pero igualmente debería serlo que tampoco los padres tienen ese derecho sobre los hijos para inducirles según su capricho a creer doctrinas irracionales mediante un proceso sistemático de sugestión que les llevase a creencia en la falta de valor de su propia inteligencia.
En consecuencia, debería suprimirse la enseñanza de la religión en los colegios, tanto públicos como privados, y también de las iglesias, en cuanto la enseñanza de la religión no es “educación” sino “adoctrinamiento”, y en cuanto no es “formación” sino “deformación” de la mente.